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Max Murillo Mendoza

Murió Fidel Castro Ruíz, el último romántico de la revolución marxista leninista. Ese gran caudillo nacionalista cubano, que adoptó la ideología del comunismo por razones prácticas y en aquellos momentos necesarios, cuando el mundo estaba dividido entre dos polos en guerra silenciosa y cruel. Ese carismático líder que podía rendir cuentas a su país durante horas, en discursos ya míticos animando a sus conciudadanos a profundizar los sacrificios en nombre de la revolución. Como todo humano con sus errores a cuestas, con sus limitaciones en las visiones económicas, y con sus dubitaciones en los momentos complejos y difíciles de la historia cubana. Sin embargo, se va un grande de las hazañas guerrilleras en contra del imperio más sofisticado y sanguinario de la era moderna, en contra de lo establecido de las mentalidades más conservadoras y cavernarias de las élites latinoamericanas: nada modernas y copiadoras de las modas y modelos llegados del norte europeo y americano.

Murió ese creativo de su propia revolución, de sus propias maneras de conducir los cambios sociales en Cuba. Ese ingeniero de las políticas de Estado diseñados para saldar cuentas históricas con los más pobres, con los más marginados de la historia, con acceso total al sistema educativo y de salud en Cuba. Políticas de Estado sociales que fueron la envidia incluso de los países más ricos del mundo, con altos niveles educativos y de salud, con políticas culturales y deportivas que dieron a Cuba un lugar mundial y estelar. Y pues las historias son muchas veces personales, por lo que Fidel fue el artífice de esos logros sociales, que durante muchos años fue realmente el orgullo de la revolución cubana. En definitiva, ejemplos concretos de lo que se puede hacer en políticas de Estado inclusivas y reales, con impactos sociales en el mediano y largo plazo.

Las construcciones de Estado sólo pueden darse cuando las condiciones nacionalistas, étnicas y políticas están conjugadas con dirigentes a la altura de los programas. Esas condiciones las aprovechó al máximo Fidel Castro. Dándose el lujo de poner en raya al mismo imperio, jugándole de igual a igual en los mecanismos de contrainteligencia, poniéndoles en ridículo a la CIA, a la NSA y a todas las agencias de inteligencia gringas juntas. También al respecto ya son míticos los relatos de espías, y dobles agentes del contraespionaje cubano. Pues el nacionalismo cubano jugó dicho rol protagónico. Las consignas de no dormir por la patria y de realizar enormes sacrificios, sólo podía concretarse gracias al nacionalismo cubano.

Tuvieron que realizar proezas y heroísmos dignos de historias románticas; cuando sus dirigentes y sus conductores eran los primeros en demostrar esos sacrificios. Ahí estaba Fidel: en primera línea de combate, con su traje de campaña constante. Toda su vida fue un combate abierto y diplomático. Ideas del hombre nuevo, del hombre entregado a las máximas exigencias y coherencias de las ideas, en las visiones ideológicas, en la misma entrega de la vida. Ciertamente muere un hombre raro, un hombre fuera de serie y fuera de todo cálculo humano. Era cierto cuando se dirigía al imperio, llamándolos de cobardes sin ética ni moral, sin humanidad alguna. Porque al final, la vida en occidente al menos exige grados de coherencia con su misma filosofía y sus mismos cimientos éticos construidos durante siglos, hoy sólo discursos de museo, de diplomacia hipócrita, de pinta, de decoraciones políticas en medio de la prostitución generalizada de los hechos en occidente.

Occidente nada tiene que criticar a Fidel, absolutamente nada cuando en estas semanas han elegido a Trump: un gringo ignorante y bruto; pero legitimado por las masas gringas ignorantes y sin sentido de las cosas por el mundo. Occidente nada tiene que decir de Fidel, cuando se derrumban en lo poco que le queda de dignidad y coraje, respecto de la convivencia mundial y económica. Ese occidente guerrero y cavernario que utiliza su poder para bombardear civilizaciones, culturas y otras maneras de ver la vida, sin entender en nada de lo que realmente es el mundo, sino como espacio de disputa pirata y sanguinaria. Porque occidente ya no produce esos seres raros y extraños, sino masas consumistas y estúpidas buscando riqueza incluso más allá de las estrellas. Es decir, de mentalidades destructivas y antinaturales.

Ya no quedan más románticos por la revolución. Los que quedan son burócratas y oportunistas de la revolución. Sin alma ni ideas y peor nociones de lo que significan los cambios sociales. Torpes y corporativos seres de propaganda o miseria humana, que sólo repiten como loros las biblias del marxismo ortodoxo y de escritorio. Con Fidel se acaba una era, quizás un ciclo cuando de sueños se trataba. Porque los burócratas de la revolución son los más peligrosos y asesinos de los sueños. Porque esos robot de escritorio serán los primeros en matar las condiciones objetivas de las revoluciones, porque no quieren que peligre su comodidad y sus negocios de escritorio precisamente. Así Fidel cierra un círculo y un ciclo en lo que se llamaba revoluciones. Se queda sin seguidores y sin discípulos, ya en el recuerdo de las grandes ideas e ideales, que el hombre puede producir de vez en cuando.

Hoy las condiciones objetivas de las posibles revoluciones siguen siendo constantes; pero la diferencia es que no hay líderes a la altura de esos enormes llamados. Las sociedades son cada vez más mediocres y el sistema ha vencido. El sistema ha convertido a las masas en gente inconsciente, consumista, egoístas y totalmente individualista. Las sociedades son sálvense quién pueda, con ricos cada vez más ricos, y pobres cada vez más miserables, más masas sin  sentido y sólo espectadores de los circos romanos políticos. Entonces, quizás, extrañemos a seres como Fidel Castro.

 

La Paz, 26 de noviembre de 2016.