¿No hay a quien echarle la culpa?

Sentimos que insistir en algo es como «arar en el desierto», la perseverancia más radical desfallece cuando evidencia de que los males se repiten indefinidamente. En muchos aspectos es esa la realidad que nos toca vivir en relación a las demandas por mejores condiciones y atención a los problemas de parte de las autoridades. Así como el comercio informal, el que tomó las calles y aceras sin pedir permiso… y sin tenerlo, las «reservas» de parqueos a título personal continúa sin que nadie les ponga coto, las «avivadas» de muchos hasta causan risa que se usa como un atenuante para el enojo y desagrado, supuestamente el municipio había comenzado a regular estas situaciones pero hoy más que nunca se comprueba que, si lo hicieron, fracasaron rotundamente. Y si no, se burlaron de la gente que creyó que si lo estaban haciendo.

Lo cierto es que la ciudad sigue siendo «tierra de nadie» y las calles «propiedad» de algunos «vivillos» que creen tener derechos adquiridos sobre los espacios que están frente a sus casas o negocios. Por esa razón, no tienen empacho alguno en colocar cajas, sillas, banquitos, conos o lo que la imaginación les diga para «reservarlos», quien se atreve a no respetar eso es susceptible de ser insultado o de que su vehículo sea dañado, el verdadero problema es que incurren en actos ilegales usando espacios públicos sin autorización y gratis ademas, también nos privan de necesarios espacios de estacionamiento en arterias que permiten usarlos, no como ocurre en otras en las que directamente están prohibidos.

Mientras no se asuman decisiones con seriedad, este será un ejemplo más del desorden que soporta la ciudad, de la desorganización en la que vivimos y de la incapacidad o no importismo de las autoridades. No es un problema menor, se debe hacer un análisis sencillo y básico de todo lo que este actuar ocasiona y de cómo repercute en el buen vivir que tanto anhelamos en esta ciudad nuestra, a la que llenamos de eslóganes y frases bonitas pero que no tiene aun la cara de la urbe más importante del Departamento más rico del país ni su buena dosis de amabilidad para quien vive en ella y menos para el que la visita.