CONTAMINACIÓN VISUAL POR DOQUIER

Es imposible pretender una visión limpia en el casco viejo de la ciudad, por donde se mire los cables llenan el espacio y ensucian un cuadro que sin ellos sería casi perfecto, se entrecruzan los de teléfono y electricidad, últimamente hasta fibra óptica se esta instalando por ahí, lo que agrava la historia es que toneladas o decenas de kilómetros de cables están en desuso, ya no sirven, son sólo un pesado estorbo que nadie se atreve a retirar ni tampoco nadie obliga a las empresas responsables a hacerlo.

Tal vez podría entenderse que en la parte antigua de la ciudad no se haya pensado ni se haya podido evitar el tendido aéreo de cables de toda índole, es posible que la tecnología de la época o los materiales existentes forzaron que así se haga. Lo que no se puede comprender es que en la nueva Tarija, esa ciudad que se comenzó a construir pegada a la vieja hace varias décadas atrás, se haya repetido lo malo, no se haya tenido la visión de, ni siquiera inventar, copiar lo que se hacía en otras urbes del planeta y, para no ir tan lejos, de Sudamérica. Si comparamos el centro histórico con barrios como Senac, Juan XXIII o hasta Miraflores, lo único diferente es la densidad de la maraña de cables, que se hace más cerrada dependiendo de la cantidad de personas que viven en la zona.

Hace más de diez años atrás la cooperativa de teléfonos desarrolló una campaña positiva de recojo de su cableado ocioso, si la memoria no nos engaña se lograron recuperar más de 5 toneladas de cobre que estaba desde hacia años contribuyendo a la contaminación visual que afecta a Tarija, resulta que entre viejas, nuevas instalaciones y reinstalaciones y desconexiones, el cable se fue acumulando por doquier sin que se lo recoja. En ese entonces se hizo eso y que se sepa no se volvió a repetir. En el caso de Setar, no tenemos registro de similar iniciativa.

Aún hoy en día, en pleno siglo XXI seguimos haciendo las cosas como en el siglo XIX, aún no hemos sido capaces ni de imitar algo que es elemental… llevar nuestros cables por ductos bajo tierra, continuamos promoviendo el uso y abuso del espacio aéreo anclándonos al pasado en una actitud retrógrada. Es tiempo de que, como una obligación establecida por ley, quien tenga sus instalaciones colgando de poste en poste, deba retirar las que ya no están en servicio y luego, junto a el municipio, definir un plan que permita la migración paulatina de acuerdo a un cronograma a un sistema subterráneo, de hecho que significa romper y abrir calles y veredas, es el precio que debemos pagar por la improvisación e incapacidad de autoridades que no supieron introducir políticas modernas de desarrollo urbano para que la ciudad crezca en armonía.