MeToo: romper el silencio

Las razones por las que el movimiento #MeToo ha sido un fenómeno global de gran transcendencia política y social hay que buscarlas más allá de las redes sociales o del ecosistema digital. Aunque su viralidad disruptiva ha sido decisiva: fue la mayor tendencia de 2017, según Ezy Insights, la compañía finlandesa especializada en métricas de redes sociales. En Twitter, por ejemplo, #MeToo fue tendencia en al menos 85 países que, además, la adaptaron a su propio idioma. La gran paradoja: fue un impacto de comunicación global basado en el gran silencio personal y oculto de millones de mujeres.
El Me Too es un desafío completo. Reta porque cuenta lo invisible, lo que siempre estaba ahí pero que ni siquiera las propias víctimas querían o podían mirar o reconocer. Mucho menos contar o denunciar. El Me Too es un proceso de la construcción del nosotras inclusivo: del yo al nosotras. Del yo aislado, íntimo y vergonzante, al nosotras colectivo, solidario y reivindicativo. Del singular al plural que ha permitido una toma de conciencia transformadora y, también, sanadora. Contarlo ha liberado, desde el dolor; y, a la vez, ha dado fortaleza y conciencia.
El contraplano ha sido el #YoTeCreo. Si la agresión es silenciada, es ignorada. Por eso, cuando ha adquirido visibilidad, magnitud, dimensión, se ha cuestionado su credibilidad. Y el Me Too se transformó, también, en una lucha por la verdad con el Yo Te Creo. El impacto político es incuestionable. Suecia, por ejemplo, ha aprobado este año la ley en la que el sexo sin consentimiento explícito será violación. Y se suma así a los nueve países europeos que ya han trasladado a sus respectivas legislaciones lo que recoge el convenio de Estambul firmado por 20 estados miembros de la Unión Europea en el año 2011.
El reto es personal y global. Afecta a todas las mujeres en todo el mundo y sea cual sea su condición. Dejó, rápidamente, de ser un tema de actrices, exitosas y estadounidenses, para ser un tema de todas las mujeres, anónimas y en todo el mundo. Esta transversalidad y globalidad hace que la causa del Me Too tenga una capacidad movilizadora en tres dimensiones: la condición individual como parte de un sujeto colectivo (#MeToo), la denuncia pública como acción (#Cuéntalo) y la credibilidad como herramienta política (#YoTeCreo).
La capacidad transformadora del #MeToo reta a las mujeres, pone a la defensiva a muchos hombres y nos interpela a todos. Lo hemos visto recientemente, otra vez. El pasado lunes el presidente estadounidense, Donald Trump, denunció que el Me Too ha generado un ambiente que da «mucho miedo», al comentar las acusaciones de abuso sexual que pesan sobre su candidato al Tribunal Supremo, Brett Kavanaugh. «Para los hombres jóvenes en EE. UU., este es un momento que da mucho miedo, cuando puedes ser (declarado) culpable de algo de lo que quizá no eres culpable. Es un momento muy, muy difícil», dijo Trump en declaraciones a los periodistas en la Casa Blanca. Más allá de la previsibilidad de las opiniones y declaraciones de Trump, el dato relevante es esta apelación al miedo de los hombres como un argumento exculpatorio. La lucha por el relato seguirá siendo decisiva. El principal miedo es de las víctimas. Punto.
La revista Time, en su edición de diciembre 2017, nombró como ‘Personas del Año’ a personalidades como Ashley Judd, Angelina Jolie, Gwyneth Paltrow, Taylor Swift, Megyn Kelly, la congresista de California Jackie Speier y, además, a todas las mujeres que han denunciado casos de acoso sexual por parte de hombres poderosos. «Por darle una voz a los secretos a voces, por cambiar las redes de rumores a las redes sociales, por forzarnos a aceptar que pasan cosas inaceptables, las personas que rompieron el silencio son la Persona del Año 2017», fue el argumento de los editores para su decisión.
Romper el silencio ha sido la clave. No hay peor condena y prisión que el silencio que te oprime. El miedo al oprobio público es una agresión más a las mujeres que padecen acoso y violencia sexual. Me Too ha liberado una mordaza interior y ha convertido el grito en un espejo de nuestra sociedad.