EMERGENCIA VIRAL, TIEMPO LIBRE Y SOCIEDAD IMPENSADA

Marcelo Chinche Calizaya
La pandemia mundial del Covid-19, ha trastocado los vínculos e interacciones a nivel global en diversos planos, donde resaltan con especial fuerza, la vertiginosa expansión del brote, transmisión y contagio que no distingue nacionalidades, clases sociales, credos y edades. A su vez, desnudó nuestra fragilidad y tardía respuesta ante el grado de exposición a sus letales embates que -al no ser contenidos-, tiende a incrementar substancialmente las cifras de nuevos casos y muertes.

Pero también afectó los espacios de interrelación más exclusivos e íntimos de las personas, mediante la vigencia del distanciamiento social que, no solo desregula los actos intrínsecos de interacción y sociabilización que diferencia al hombre del resto de los seres vivos, sino que tal privación, se ha convertido en condición “sine qua non”, para ralentizar la propagación e inminente contagio; cuyo doble propósito, resulta ser efectivo para su contención y, principalmente, evitar el colapso de los centros hospitalarios.

Ello explica las medidas adoptadas como el cierre de fronteras, cuarentena, aislamiento por la emergencia viral y así mitigar las tres fases de contaminación y propagación. Habida cuenta de la presencia de pacientes importados que son aquellos que contrajeron la enfermedad en otro país y que, al retornar al suyo, recién presenta síntomas. Más tarde, ese paciente contamina su entorno intimo –la familia- convirtiéndose en contagio local que aún puede rastrearse si se aplican medidas de control y encapsulamiento. Finalmente, está la fase de contagio comunitario, donde el virus es irrastreable y circula por todos lados.

Más allá de las dificultades y carencias de los sistemas de salud pública, las medidas de seguridad social y apoyo traducidas en estímulos a las familias -bonos- e incentivos económicos al aparato productivo; es posible apreciar una suerte de retorno a repensar y clasificar las prioridades urgentes de aquellas menos trascendentes; las cuales pasan necesariamente por situar la vida como el capital más preciado.

Desde ese punto de vista, resulta inevitable redimensionar los propósitos e intereses que empiezan a emerger en el corto plazo, a fuerza de perfilar los nuevos confines de esta sociedad digital. Uno ellos es el ocio o tiempo libre que -desde siempre-, fue privilegio de pocos, ante las exigencias de mayor explotación y deshumanización que busca mayor producción y acumulación de riquezas, sin considerar que, en ese propósito, se ahondaba en la configuración de un “infierno de lo igual” que aniquila paulatinamente el sentido del “otro”.

Hoy, sin embargo, constituye un bien al alcance de todos, posibilitando una nueva ubicuidad del “ser” en un “aquí y ahora”, protagonista de un devenir histórico cargado de incertidumbres y riesgos indescifrables que exigen rápidas adaptaciones y respuestas creativas para asegurar -al menos circunstancialmente-, el bienestar y estabilidad; así como redimensionar el “sentido del ocio” necesario para descansar del trabajo, tiempo vacío, estrés, pero ante todo, cuidando que se convierta en un insufrible “no hacer nada”.

Lo cierto es que la humanidad está peregrinando por una sociedad impensada que trajo consigo demandas de adaptación frente a la emergencia viral, que insta no prescindir de prácticas cotidianas que van desde incorporar nuevos protocolos de relacionamiento e interacción social, ritos convencionales –cual dogmas religiosos- de hábitos de higiene; la puesta en escenario del teletrabajo, la educación virtual y sus múltiples desarrollos que ofrece. No obstante, urge utilizar razonablemente esa interconectividad para objetivos e intereses colectivos y así evitar que la comunicación digital se convierta en una “comunicación sin comunidad”, donde prime las egolatrías y los narcisismos superfluos.

Por último, conceptos como supervivencia, sacrificio del placer, pérdida de la buena vida y evaluación de conductas sociales, constituyen los nuevos referentes de este mundo impensado, donde la vulnerabilidad y mortalidad humana definitivamente no son democráticas; pues depende del status social. Al menos, esto ha puesto en evidencia el virus que, a modo de espejo, refleja una sociedad de supervivencia, de miedo, muerte y que progresivamente está privándonos del placer y todo lo que hace que valga la pena vivir.