Los jóvenes de la Amazonia, guardianes orgullosos de la selva

Maria, Kélita y Fábio sueñan con convertirse en profesores o seguir los pasos de la joven activista sueca Greta Thunberg; pero su prioridad absoluta es preservar la selva amazónica en la que crecieron.

A pesar de los atractivos de la ciudad, estos tres jóvenes optaron por quedarse a vivir en sus aldeas al borde del Yuruá, un afluente del Amazonas, en armonía con la naturaleza y en una región cada vez más amenazada por los incendios intencionales y la deforestación.

A continuación, un retrato de tres representantes de la nueva generación de habitantes de la mayor selva tropical del planeta, que dialogaron con la AFP durante un congreso de jóvenes en la remota comunidad de Bauana, a tres horas en lancha de Carauarí, una pequeña ciudad a casi 800 km de Manaos.

– La «Greta» de la Amazonía –

Maria Cunha tiene 26 años y vive en Sao Raimundo, en la reserva extractiva del Medio Yurúa, de casi 290.000 hectáreas, donde 16 comunidades subsisten de la pesca y la recolección.

Allí promueve de forma voluntaria actividades ambientales, como la colecta de residuos.

AFP / Florence GOISNARDMaria Cunha, de 26, promueve actividades ambientales, como la colecta de residuos en Sao Raimundo, una aldea de la Reserva de Desarrollo Sustentable de Uacari en la Amazonía brasileña

A pesar de haber estado en Sao Paulo, la ciudad más poblada de América Latina, Maria no quiere cambiar la Amazonía en la que creció por la jungla de cemento.

Para esta brasileña, la mejor forma de preservar la selva es permanecer en contacto con sus habitantes, que desde hace muchas generaciones viven en armonía con el entorno.

«Somos los guardianes de la selva. Vivimos aquí y dependemos de ella para prácticamente toda nuestra subsistencia. Si no la cuidamos ¿de qué vamos a vivir?», reflexiona.

Le preocupan los efectos del cambio climático que ya sienten en la región, con el aumento de la temperatura y la disminución del nivel de los ríos.

«Cuando el agua no sube, los peces no aparecen y la comunidad tiene poco alimento, porque la pesca es nuestra principal fuente de subsistencia», lamenta.

AFP / Florence GOISNARDEl adolescente Fabio Gondim, que vive en Bauana, recoge açaí

La escasez también afecta a los animales silvestres, que en ocasiones aparecen en su jardín en busca de alimentos.

«No lo encuentran con tanta rapidez en la selva debido a los incendios y a la deforestación», explica María, convencida de que los jóvenes deben sí o sí movilizarse para proteger al medio ambiente.

«Soñamos con ser como Greta en un futuro, aquella chica empoderada que lucha por sus derechos», concluye.

– La hija pródiga –

A los 13 años, Kélita do Carmo se mudó a la ciudad en busca de oportunidades. Dejó Bauana, una comunidad construida sobre pilotes en las márgenes del rio Yuruá para trabajar como niñera en la capital de Amazonas, Manaos.

Duró allí ocho meses, pues no se adaptó a la vida urbana.

Hoy, con 22, quiere ser profesora y se prepara para empezar la facultad en un centro educativo cercano a su pueblo.

AFP / Florence GOISNARDKelita do Carmo, de 22 años (C), asiste a una clase en la pequeña facultad construida por la ONG local Fundación Amazonas Sustentable (FAS) en el municipio de Carauari, en el corazón de la Amazonía brasileña, el 15 de marzo de 2020

Se trata del primer curso universitario impartido en el corazón de la selva, un proyecto conjunto de la ONG local Fundación Amazonas Sustentable (FAS) y la Universidad del Estado de Amazonas (UEA).

«Últimamente estoy dando más valor a las cosas de aquí», asegura la joven, para quien la selva ofrece una perspectiva de estudios e ingresos.

El curso pretende formar profesores oriundos de la comunidad, con disciplinas adaptadas a la realidad local y foco en prácticas sustentables.

– Matemático y escalador –

Vecino de Kélita, Fábio Gondim tiene 16 años y se desenvuelve como un adulto.

Sueña con ser profesor de matemática y mientras espera el momento de ingresar a la universidad, ayuda a sus familiares en tareas agrícolas.

Para recolectar el açaí, una fruta altamente nutritiva y muy popular en todo Brasil, escala con agilidad una palmera de 10 metros de altura.

También recolectan otros frutos como la andiroba y el murumurú y plantan mandioca (yuca), con la que fabrican harina para consumo propio y para vender.

«Nunca se me pasó por la cabeza irme a vivir a la ciudad. Aquí todo es más fácil, obtenemos nuestra alimentación y nuestros ingresos de la selva», afirma, orgulloso.

Su familia procura reducir al mínimo el impacto de sus actividades en el medio ambiente.

«Para cultivar la mandioca precisamos deforestar un poco, para nuestro sustento. En los últimos años hemos intentado reducir la deforestación para evitar contribuir con el calentamiento global», asegura.

Para los jóvenes angustiados con el futuro del medio ambiente, Fábio tiene un consejo: «Sigan luchando por la Amazonía porque esto aquí es lo que da sustento al mundo».

FUENTE: AFP