Otro 11-S sume a Nueva York en la impotencia

Un hombre camina por una calle desierta ante el 'skyline 'de Manhattan. En vídeo, Nueva York se vacía por el coronavirus, y el gobernador y el alcalde señalan a Trump. JOHN MINCHILLO / AP / VÍDEO: EPV

El primer caso se detectó a principios de marzo, en un suburbio al norte de la ciudad. Tres semanas después, Nueva York contabilizaba la mitad de los casos de coronavirus de Estados Unidos y cerca del 5% del total a escala global. Se tardó en tomar la decisión, pero por fin, a mediados de la semana pasada, el gobernador del Estado, Andrew Cuomo, decretó el confinamiento de la población, efectivo a partir del domingo al anochecer. Nueva York se adentraba así en territorio desconocido.

El confinamiento al que desde entonces está sometida la ciudad no es distinto del que se ha impuesto en otras partes del mundo, pero lo que hace de Nueva York un caso especial es que muchos sienten la ciudad como un lugar que trasciende sus límites, como si lo que ocurre allí nos afectara de algún modo a todos. Los sentimientos dominantes son los mismos que en otros lugares: impotencia, pánico y la sensación de que cuando esto pase, las cosas habrán cambiado para siempre. A escala nacional, frustración ante la falta de visión y liderazgo demostrados por la Casa Blanca y las autoridades federales.

La palabra más adecuada para designar lo que sucede es catástrofe, término que en modo alguno es ajeno a la historia de la ciudad, jalonada de desastres de gran envergadura: accidentes aéreos, incendios que arrasaron barrios enteros, apagones de proporciones míticas, huracanes que causaron una devastación indecible. De todas estas catástrofes, la que dejó una huella más profunda fue el ataque terrorista perpetrado contra el World Trade Center el 11 de septiembre de 2001. Millones de personas de todos los rincones del planeta contemplaron en directo la tragedia por televisión, sintiendo en carne propia la vulnerabilidad de la ciudad herida. De aquel nódulo de extraño dolor surgieron sentimientos que persisten hoy. Lo que ocurrió entonces es muy distinto de lo que está empezando a suceder ahora, salvo en la manera de interiorizar la tragedia. Cuando cayeron las Torres Gemelas, el sur de Manhattan recordaba la devastación de una zona de guerra. La herida se extendió a los cinco condados, que parecían escapar así de las coordenadas normales del espacio y del tiempo. Entonces la ciudad se paralizó, pero lo hizo de una manera muy distinta a como lo ha hecho ahora.

Al día siguiente del atentado, nadie fue a trabajar, pero todo el mundo salió a la calle. Lo que ocurrió el domingo fue exactamente lo contrario: las calles, parques y avenidas de Manhattan, Brooklyn, el Bronx, Queens y Staten Island se vaciaron como por ensalmo. Pocas cosas más difíciles de imaginar que una ciudad tan pletórica de vida como Nueva York vacía, pero así es, independientemente de la zona del mapa que escojamos señalar. Central Park, Times Square, Madison Avenue, los callejones del Village o Chinatown, los teatros de Broadway o los escaparates de la Quinta Avenida son lugares que todos conocemos, hayamos puesto o no el pie en ellos. Pocas veces a lo largo de su historia Wall Street experimentó paradas cardiacas como las que ha padecido ahora.

La rabiosa independencia de carácter de los neoyorquinos impide hacer generalizaciones. Cada barrio reacciona conforme a su peculiar idiosincrasia, y lo mismo ocurre con los distintos estamentos sociales. ¿Cómo confinar al ejército de homeless que tiene como residencia fija la calle? ¿O a quienes dependen de su dosis diaria de heroína? Los millonarios, que en esta ciudad tienen un enorme peso específico, se han refugiado en sus propiedades lejos de Manhattan. Por supuesto, lo que cuenta por encima de todo es la inmensa mayoría de trabajadores y profesionales: actores, camareros, abogados, artistas, agentes inmobiliarios… personal sanitario.

Toda crisis tiene su centro de gravedad que cabe fijar en un lugar físico, en el caso de Nueva York, un rascacielos. En esta ocasión, el centro de gravedad moral de la ciudad es el rascacielos que alberga la redacción de The New York Times, en la calle 41, aunque sus oficinas estén todas desocupadas. Depositario de la conciencia ciudadana, estos días nadie ha sabido tomar el pulso a la ciudad mejor que el formidable equipo de reporteros y columnistas del periódico, obligados ahora a trabajar desde sus casas. Centinela de la verdad en la era de las fake-news, la bitácora de noticias de última hora del diario neoyorquino es la mejor manera, la única tal vez, que tienen los ciudadanos para orientarse en el caos.

En medio de la vorágine, sobrepasadas por la magnitud de los acontecimientos dos voces se han hecho oír con distinto nivel de eficacia: la de Andrew Cuomo, gobernador del Estado, y la de Bill de Blasio, alcalde de la ciudad. Sus opiniones, con frecuencia encontradas, han logrado converger, aunque no ha sido fácil. Irónicamente, el poder del gobernador se superpone al del alcalde, lo cual está en proporción inversa al peso de sus dominios respectivos. Ante la gravedad de la situación ambos coinciden en señalar la ineficacia de la gestión del Gobierno federal y la insuficiencia de la ayuda recibida.

Tal vez las cosas cambien en las próximas horas, pero frente a una catástrofe cuyo alcance resulta imposible precisar, seguramente ya sea tarde. Como en el resto del planeta, se trabaja a ritmos forzados, sin horario, haciendo preparativos como transformar el gigantesco complejo de convenciones que es el Jacob K. Javits Center en un lugar de atención hospitalaria. El caos alcanza a todas las esferas de la vida ciudadana: el número de camas, unidades de cuidados intensivos y equipos médicos es escandalosamente insuficiente, las universidades están cerradas, y sus alumnos, llegados de los más remotos puntos del país y del planeta, han sido intempestivamente desalojados de sus residencias. Los laboratorios de investigación científica, algunos de ellos entre los más prestigiosos del mundo, se han visto obligados a cerrar.

En el momento de escribir estas líneas, De Blasio calcula que la situación estallará dentro de diez días: “A escala doméstica esta va a ser la mayor crisis que hemos tenido desde la Gran Depresión”, afirmó. Poco antes había hecho una advertencia aún más ominosa: “No lo puedo decir de manera más clara: si el presidente no se decide a actuar habrá muertes que se hubieran podido evitar”.

FUENTE: EL PAÍS