La danza y la política: del escenario a las plazas

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Antoni Gutierrez-Rubí

El cuerpo y su movimiento tienen una gran importancia en la comunicación. También en la política. Hablamos de la comunicación no verbal, de la gestualidad y del lenguaje de las emociones. Pero también de la “coreografía” política que hay detrás de grandes eventos, encuentros y mítines. La escenificación del poder es parte inseparable de su representación.
La fascinación y el magnetismo visual del nacionalsocialismo, por ejemplo, tuvo mucho que ver con las artes escénicas —desde el cine a la danza— y con el talento de grandes creadores como Leni Riefenstahl Rudolf Laban o la bailarina Mary Wigman. Estos últimos jugaron un papel esencial en la propulsión de la danza expresionista en Alemania. Cuando Hitler accedió al poder en 1933, Wigman decidió no exiliarse —al contrario de lo que hicieron muchos artistas— llegando a coreografiar desfiles en la época nazi[2], aunque el hecho de negarse a seguir colaborando con el régimen, la llevó a realizar su última actuación en 1942.
Hoy, 80 años después
y en contraste histórico con la danza sometida y claudicante, nos encontramos experiencias de danza comprometida, baile reivindicativo y coreografías de denuncia. Cohesionando la respuesta social y política de las multitudes frente a la crisis, dotándola de significación, arquitectura visual y simbólica, se abre paso —con inusitada fuerza— el movimiento del cuerpo en grupo, de manera coral, con alta creatividad, como lenguaje alternativo en las nuevas manifestaciones, ocupaciones y movilizaciones que han nacido del 15M. Artistas comprometidos, colectivos de artes escénicas implicados y conscientes, y el extraordinario fenómeno cultural que suponen los flashmobs complementan el nuevo fenómeno. El cuerpo como alfabeto; el cuerpo que habla. Cuerpos, enlazados, bailando, gesticulando… construyen identidad comunitaria y nuevas fórmulas de respuesta crítica a lo establecido.
El cuerpo, el mensaje
Manuel Castells, en un artículo reciente, contaba como la convocatoria de Occupy Wall Street consiguió una gran proyección con «una iniciativa de la revista Adbusters, radicada en Vancouver y especializada en la crítica de la publicidad, que difundió en internet la imagen de una bailarina danzando sobre el toro de Wall Street con una frase: Nuestra única demanda: Ocupa Wall Street. El 17 de septiembre ven con tu tienda».
No es la primera vez que la danza alternativa explora la ocupación de la calle y, en particular, ese punto geográfico, como una respuesta cargada de simbolismo: la bella y la bestia, David y Goliat, el ser humano y el metal, la sensibilidad y la brutalidad. En 2008, el cortometraje de danza contemporánea en siete secciones, Solo with New York City, exploraba la interacción dinámica entre el movimiento de un individuo y su entorno. La idea básica detrás de la obra surgió del amor de un bailarín por la ciudad de Nueva York y los diferentes espacios (siete) que influyeron en su movimiento y en su formación. Una de las escenas se centra en el famoso toro de Wall Street. En ella, se ve a una bailarina toreando, artísticamente, al animal inmóvil.
La danza y el baile flamenco alternativo están abriendo nuevos escenarios de denuncia en nuestro entorno. Con sus rimas pegajosas y atrevidas, y una excelente capacidad de sorpresa y provocación inteligente, las iniciativas del grupo www.flo6x8.com (que han «actuado» ya en diversas ocasiones) están desbordando creatividad y consolidando la idea de la denuncia con el propio cuerpo, la ocupación pacífica y el ambiente festivo, irónico y alternativo de estas nuevas expresiones políticas.

Danza comprometida
Una nueva generación de coreógrafos y bailarines, siguiendo ejemplos y rastros ya explorados, se inspiran —nuevamente— en las contradicciones sociales y en el hecho político para explorar nuevos lenguajes como lo han hecho a lo largo del siglo XX. El trabajo de la compañía de Martha Graham, Political Dance Project, es un buen testimonio de esta renovada implicación.
Como lo fue en 2009 la aproximación del veterano artista de la danza Bill T. Jones en el marco del cierre del año del bicentenario de Abraham Lincoln. El reconocido periodista Bill Moyers, señalaba en su día que es un trabajo pionero de la coreografía, donde Jones imagina a un joven Lincoln en sus años de formación a través del baile. Bill Moyers conversó en su programa con Jones sobre su proceso creativo, sus ideas sobre Lincoln y cómo la danza podía darnos nueva perspectiva de uno de los presidentes de los Estados Unidos más estudiados.
Interpretaciones y propuestas que funden lo artístico, lo histórico y lo social, como la magnífica y referente coreografía que Alvin Ailey estrenó en 1960 con el título Revelations, basada en los espirituales negros de Estados Unidos, en el que expresaba temas universales de fe y humanidad.
Y un último ejemplo, más reciente, es el proyecto artístico Protect me, que fusiona danza y teatro en un espectáculo que se presenta como «una resistencia contra el sistema económico y financiero», que parte de una reflexión sobre «cómo la falta de seguridad en el espacio político y social influye en la determinación del individuo y en el ámbito personal», en palabras del coreógrafo y dramaturgo alemán Frank Richter y de la coreógrafa holandesa Anouk van Dijk.
El cuerpo político
La danza política recupera el protagonismo en los escenarios y en las plazas. Una alianza política (de creadores y artistas, con activistas y movimientos) va estableciendo nuevos reencuentros y nuevos reconocimientos. La danza se despoja de capas de narcisismo para injertar en su expresión artística los temas y los contenidos sociales. Y, a la vez, se ofrece como expresión natural, genuina, auténtica de la nueva comunicación de las multitudes y la conciencia crítica. Nuevas «manifestaciones» festivas, lúdicas y participativas, sustituyen y relevan las de estética pancartera, cordones de seguridad y jerarquía de los convocantes. Las nuevas concentraciones no son desfiles protocolizados por éstos y sus dirigentes. Son encuentros de gran vitalidad, viralidad y creatividad. De abajo arriba. Y que reinventan la presencia política en la calle con una nueva intensidad e intención política favoreciendo las texturas múltiples y mixtas del activismo con el artivismo; la ocupación con la performance; la manifestación con el flashmob político.
La política, decía el poeta León Felipe, «algún día será una canción». Una canción que cantaremos y bailaremos, en un pleno reconocimiento del «nosotros» colectivo. El cuerpo, presencia y materialidad de la individualidad, se transforma en un cuerpo colectivo, conectado, participado que explora el territorio de la nueva conciencia de la comunidad.