ECOOSFERA

Una inesperada correlación entre la ciencia y el budismo que profundiza en los misterios de la muerte.M

La muerte es el punto final de la existencia. O por lo menos de la existencia en este mundo, pues se puede suponer que después nuestra alma arriba a otro lugar: quizá al origen mismo del ser o a un reino sagrado, dependiendo de la tradición filosófica o religiosa que nos inspire tales creencias. No obstante, la mayoría de estas acepciones tienen algo en común: la creencia de que aquello que somos seguirá siendo en ese otro lugar al que lleguemos.

Pero cuando la ciencia descubre que el cerebro sigue activo durante horas después de que el corazón dejó de latir, no podemos sino repensar filosóficamente qué es la muerte y, con ello, si morir realmente es el final, o si no será algo más parecido a una peregrinación, como sugiere el budismo. Una travesía que bien nos puede conducir a una reencarnación más, hasta llegar definitivamente a la unificación, donde nuestra ilusoria individualidad por fin vuelve a mezclarse con el todo.

Y es que la actividad cerebral que se presenta después de que el cuerpo “muere” podría ser una muestra de lo que el budismo enseña: el cuerpo es ilusión. Por lo tanto, también lo sería el cerebro, ¿no es así? Pero sabemos que este órgano es el que nos permite navegar el mundo mientras vivimos: es aquel que activa nuestros cinco sentidos, y el que aloja nuestra memoria, nuestros pensamientos y quizá también nuestra conciencia. Es así que lo que buscamos pacificar cuando meditamos es el cerebro, algo que en gran parte se logra por vía de la respiración consciente. 

Pensar la muerte desde la ciencia, el arte y el budismo

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Es verdad que sabemos de estos extraños fenómenos post mortem, al parecer neuronales, gracias a la ciencia, así como a los estudios sobre personas que han enfrentado experiencias cercanas a la muerte. La luz al final del túnel es uno de ellos –que está aunado a un mayor flujo sanguíneo, que al parecer se dirige a los ojos–. No obstante, otras miles de experiencias alrededor del mundo demuestran que aquello que conocemos como “muerte clínica” no es ni mucho menos la muerte definitiva de nuestra conciencia, pues muchas cosas ocurren antes de “irnos” definitivamente, sea lo que sea que significa “irse”.

Un buen ejemplo de lo anterior está en el artista Shiv Grewal, un actor londinense que tras sufrir un paro cardíaco masivo, fue declarado muerto y permaneció en ese estado durante 7 minutos. Pero después los paramédicos lograron que su corazón volviera a latir. Ahora, Grewal no sólo plasma lo que vio en esos momentos en sus pinturas, sino que asegura que estuvo consciente de que su cerebro moría. Esto, sin duda, es revelador: ¿cómo se sentirá que el cerebro se apague lentamente y durante tanto tiempo?

Aunque esto último no puede ser comprobado por la racionalidad científica. Si acaso sólo por la sensibilidad artística, y más aún, por prácticas budistas como la meditación.

Cuando morimos, nuestro cerebro medita

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Otro hallazgo que puede abonar a una nueva concepción de la muerte es el que realizaron investigadores de la Universidad Western de Ontario. Y es que el cerebro no sólo tarda mucho en “apagarse”, sino que comienza a actuar de otra manera cuando el corazón ha dejado de latir. Según pudieron observar mediante electroencefalogramas, las ondas cerebrales de los pacientes que han muerto de alguna manera semifulminante –por ejemplo, de un paro cardíaco– son las llamadas “ondas delta”. Estas ondas son las mismas que se generan durante la meditación profunda.

Si sumamos esto a experiencias como las del artista Shiv Grewal, no podemos dejar de pensar que la muerte es más bien un proceso de expansión de la conciencia. Desde una perspectiva budista, dicha expansión no terminaría cuando el cerebro deja de tener actividad –lo que en algún momento tiene que pasar–. Más bien es un momento más en ese viaje, sea cual sea, que hacemos al morir, que ultimadamente no es sino una transformación más.

Para indagar más sobre el tema de la muerte –que ha inspirado a tantos filósofos– parece que ciencia y budismo aún tienen un largo camino que recorrer. Y no separados, sino juntos. Porque como afirma el maestro Thich Nhat Hanh, la ciencia tiene mucho que abonar al budismo, y viceversa:

La ciencia moderna está de acuerdo con el Buda respecto a que no puedes asesinar nada; no puedes hacer que nada desaparezca. Nada puede morir. Nada se crea, nada se pierde, todo se transforma. Sólo existe la transformación; no existe la muerte. Parece que existe la muerte y el nacimiento, pero si vas a lo profundo, verás que no es verdad. Si estudias ciencia, química, o biología profundamente, entrarás en contacto con la verdad del no nacimiento y no muerte.

Así que… ¿qué es la muerte? Quizá la pregunta sea más bien: ¿qué no es la muerte?

* Imágenes: 1) Public Domain Review, edición Ecoosfera; 2 y 3) Yoshi Sodeoka