El cerebro está conectado con el cosmos a escala cuántica

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ECOOSFERA

La cuántica es una ciencia, pero también una suerte de mística filosófica.

Por un lado, la física cuántica nos ayuda a indagar en el mecanismo de aquellos fenómenos que no podemos conocer, y que aun así sabemos cómo funcionan, mediante las leyes de esta ciencia. Por otro, nos puede llevar al grado máximo de unión entre lo micro y lo macro, aunque no por vía del éxtasis, como en algunas religiones, sino del conocimiento científico.

Sabemos que el funcionamiento de los átomos –incluidos los de nuestro cerebro– se rige por las leyes de la física cuántica. Así también el del universo. Y tanto nosotros estamos repletos de átomos como también lo está todo en el espacio. Aunque la idea de considerar al hombre un pequeño mundo es mucho más antigua que la cuántica: la noción de que somos un microcosmos proviene ya de los griegos, y estaba presente también en la sabiduría del escriba egipcio Thot, también conocido como Hermes Trismegisto.

Así que, según un cúmulo de conocimientos humanos que van de la alquimia a la filosofía y que se han materializado en la física cuántica, estamos conectados al cosmos a escala cuántica. Nuestro organismo es polvo de estrellas, mientras que nuestras creencias, nuestra fe y nuestra esperanza siempre miran arriba, buscando en el cielo y en aquello que lo trasciende pistas de qué hacer, ya que somos parte de un mismo e infinito mecanismo cuyo equilibrio depende de las partes.

Por ser elemento de un todo, podemos afirmar que el cerebro 
está conectado con el universo a escala cuántica.

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Los átomos de nuestro cerebro y los átomos de una estrella son parte de lo mismo: del cosmos. Esta complicidad cuántica hace que, a nivel cuántico, lo mismo sea una estrella que un planeta, una flor u otro ser humano. Hace posible, incluso, los vínculos más allá de todo tiempo y espacio, como explica la teoría de la no-localidad.

Esta noción de totalidad desde la cuántica abre las puertas a una nueva filosofía, y podría decirse que incluso a una nueva ética. Una reconciliación entre lo cósmico y lo humano podría alentar nuestra evolución, dando pie a un mundo más empático y sensible.

¿Estamos hablando de una nueva cosmovisión? Tal vez una cosmovisión que no se dedicaría a escindir, sino que buscaría una dialéctica en la unidad de la diferencia. Pero ya no sólo en el plano de las ideas, como en el caso de la dialéctica del filósofo Hegel, sino en la concreción, es decir, en la materialidad de nuestras vidas. Y ya no sólo en el ámbito de lo terrenal, sino de lo cósmico. Porque como ya lo dijo Fritjof Carpa, el divulgador pop de la física cuántica:

La ciencia no necesita del misticismo y el misticismo no necesita de la ciencia, pero el hombre necesita de ambas.

La física cuántica puede ser el elemento científico de esta cosmovisión contemporánea. Otros fermentos de ella podrían estar en otras disciplinas: la filosofía, para empezar, pues ésta es indisoluble de la ciencia. Pero toda una gama de conocimientos pueden devenir naturalmente de la cuántica si partimos de las leyes de ésta, que nos demuestran lo fundamental: el por qué, pese a todas las diferencias, podemos ser uno.