Votar es cosa de viejos

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Pablo Simón

Una de las hipótesis más interesantes sobre por qué fallaron las encuestas en las elecciones del 26 de junio de 2016 tiene que ver con la brecha generacional en el voto. Como se ha dicho ya hasta el aburrimiento, en España la distribución del electorado se parece cada vez más a una escalera de color; los menores de treinta y cinco son morados, los de treinta y cinco a cincuenta son naranjas, los de cincuenta a sesenta y cinco son más rojos, y los mayores de sesenta y cinco inequívocamente azules. Sin embargo, la propensión a votar de cada uno de los segmentos de edad no es la misma. Si los jóvenes tenían mayor tasa de no respuesta en las encuestas, es posible que los votos que se imputaban a algún partido estuvieran inflados simplemente porque el día de la elección no fueron a votar. Porque los jóvenes, de media, se abstienen mucho más que sus mayores.

Este hecho ha sido contrastado en una gran cantidad de países como algo normal; se ha dado por descontado que los jóvenes prefieren hacer cualquier otra cosa que acercarse a las urnas el día de una elección. La razón principal para ello es el conocido como efecto ciclo vital. Cuando uno es joven suele tener menos ataduras, un puesto de trabajo menos estable (o ser estudiante), menos ingresos, suele vivir con sus padres o no tener vida en pareja. Todo esto hace que esté menos conectado, hasta cierto punto, con la sociedad que le rodea. Sin embargo, a medida que el joven se va volviendo adulto y debe pagar impuestos, vivir solo o con alguien, tener un círculo de relaciones estable, asentarse en una comunidad… se va volviendo más consciente de la importancia que tiene la política en su vida. Por lo tanto, a medida que va creciendo, se vuelve un ciudadano más concienciado y más proclive a votar.

Este hecho estaría detrás de muchos de los sesgos que vemos en nuestra política diaria. La razón por la que los jóvenes son una prioridad poco preferente para cualquier Gobierno conecta con que son el colectivo más abstencionista y, por lo tanto, menos interesante como caladero de votos para cualquier partido. Por lo tanto, las políticas públicas de juventud suelen ser menos importantes; un Gobierno empieza sus recortes siempre por becas y deja pensiones para el final. De hecho, en esa línea, diferentes economistas y sociólogos han demostrado que todos los Estados del bienestar en Europa tienen una inversión en términos relativos muy superior en las generaciones de mayor edad que en las de jóvenes. Aunque no sea el único factor, el que las personas jubiladas sean una bolsa de votos fundamental tiene algo que ver.

En todo caso, este ciclo vital que señala que los jóvenes no participan por razones casi vegetativas ha sido puesto en cuestión recientemente. Si se trata de una explicación tan estructural, sería de esperar que se hubiera producido siempre, pero cada vez hay más evidencia que señala que la abstención de la gente joven es un fenómeno relativamente nuevo. Es decir, que los jóvenes de hoy en día se abstienen más, pero los jóvenes de los años sesenta sí que iban a votar. Ahora bien, este patrón se da en prácticamente todas las democracias occidentales, lo que señala que debe haber algún tipo de motor común más allá de factores específicos de cada país. No podemos decir que haya sido algún evento nacional (pongamos, «el desencanto» tras la Transición en España) el que haya desilusionado a los jóvenes a participar si al final vemos que esta desmovilización se da en todas partes.

La explicación está en los factores concretos con los que las generaciones actuales de jóvenes socializan y ahí es donde el consumo de medios de comunicación es clave. Un consenso relativamente establecido es que el consumo de periódicos es el principal mecanismo de aprendizaje político. No solo por tratar más política, sino también por hacerlo de manera más exhaustiva. Sin embargo, los jóvenes no leen el periódico ni de lejos como lo hacían sus padres con su edad. Este papel ha venido a ser suplantado por la televisión, un medio que profundiza en política muchísimo menos. Pero además, al mismo tiempo, las noticias de televisión han tendido a volcarse más en el público mayor. Cuando solo había unas pocas grandes cadenas era inevitable que todas las generaciones en el salón vieran juntas la tele. Las noticias eran compartidas. Sin embargo, habiendo cientos de cadenas de todo tipo es fácil segmentar, es fácil que un joven pueda ver la tele sin siquiera rozar un canal con una noticia política.

Esta diferente pauta de socialización a través de los medios de comunicación ha tenido un impacto dramático sobre las generaciones jóvenes actuales en términos de conocimiento político. Aunque pueda sonar exagerado, hay autores que afirman que hoy día tenemos a los jóvenes más desinformados políticamente de la historia. Dada su capacidad para seleccionar su propia exposición mediática, la política habría pasado a un plano insignificante en comparación con otras formas de ocio. La ganancia en poder de elección habría hecho perder focos de exposición política que había con otra estructura de medios de comunicación. Este sería por lo tanto el factor que estaría generando una importante brecha de participación electoral en todo el mundo. Es más, dado que votar es un hábito que se genera de manera temprana en la vida, muchos de estos votantes se habrían perdido para siempre, se habrían convertido en abstencionistas crónicos.

Ello, de nuevo, retroalimenta el problema de la traslación de preferencias en política. Si jóvenes y mayores tuvieran las mismas orientaciones hacia izquierda y derecha, las mismas prioridades de gasto público o de inversión, este sesgo sería irrelevante. Pero como podéis imaginaros, este no es el caso. Quizá el ejemplo más cercano podamos tenerlo en el caso del brexit; los jóvenes eran de lejos los más partidarios de continuar dentro de la Unión Europea, y así se señalaba en todas las encuestas. Sin embargo, este hecho fue irrelevante; el día del referéndum los jóvenes no fueron a votar.

El resumen, por tanto, es que la abstención crónica de los jóvenes no se daría tanto por una razón biológica como por una razón generacional. Sin embargo, hay aproximaciones más optimistas a este hecho. Ha habido algunos sociólogos y politólogos que han hablado del efecto sustitución. Esta idea es relativamente sencilla: que los jóvenes de hoy en día estén votando menos no es un problema, porque están participando en política de otra manera. Es decir, que, aunque se abstengan más, lo que hacen es participar en más manifestaciones, asambleas, organizaciones, boicots a productos… Y por lo tanto influyen en política de otra manera. Hacen política por otros medios que van más allá de meter un papel en la urna.

Por desgracia, la información más reciente que tenemos parece ir en contra de esta idea. Los que más participan por medios alternativos son, justamente, los que también lo hacen votando. Es decir, que la participación política de los jóvenes implicados se ha vuelto más plural, lo hacen por tierra, mar y aire. Por el contrario, lo que sigue existiendo es una masa apática de jóvenes que no se acerca a la política en ninguna de sus formas y que es muy superior a la del pasado. De hecho, esta participación no convencional hasta genera sesgos en las demandas de los jóvenes pues, al fin y al cabo, los que emergen son solo la parte visible y privilegiada de ellos. Los que tienen tiempo y dinero para permitirse estar en una asamblea.

La situación, por lo tanto, no invita demasiado al optimismo. El voto sigue siendo uno de los instrumentos más poderosos e igualitarios que tenemos en democracia, por más que no sea el único. Sin embargo, parece que hay toda una generación que nos vemos abocados a dejar que sean nuestros mayores los que elijan por nosotros. Y lo digo sin caer en la falacia de que los jóvenes tienen más razón o que se es mejor que nadie por tener tal o cual edad. Todas las generaciones tienen el derecho de ser escuchadas. Lo que me preocupa es que haya una que ha renunciado a hablar porque piense que votar es cosa de viejos.