Héroes silenciosos

 Por Ramón Grimalt.

Está decidido. Después de diez años, quizás algo más, Marcela lo va a dejar. Está cansada física y emocionalmente. A diario atiende sin cobrar un peso a aquellos pacientes que requieren sus servicios. Se trata de personas desahuciadas por la medicina, sin mayor expectativa de vida que el día siguiente, sometidas a los vaivenes circunstanciales de un sistema sanitario que ha colapsado aunque la ministra del sector asegure por activa y por pasiva que “todo esto es un cúmulo de problemas, nunca una crisis”, en fin, si ella lo dice.

-Están ahí, salen por la tele, aprovechan unos cuantos minutos de fama para prometer un oncológico aquí y otro allá, mientras se enfrascan en una discusión sin sentido con los médicos y los estudiantes de Medicina. Si quieres mi opinión, no tienen ni idea sobre cómo resolver este desastre.

-Estás indignada y te comprendo, créeme. Le digo tratando de ponerle un paño frío a nuestra charla sostenida al calor de un pequeño pero acogedor consultorio donde Marcela recibe a familiares de pacientes terminales en procura de una voz que alivie su pena.

-¿Tienes idea de lo que significa despedirte de un chico de trece años con cáncer en la rodilla derecha?

-No, ni me lo planteo. Respondo, seco, contundente, tratando de borrar de mi mente cualquier asociación inmediata con mi hijo que pueda derivar en una especie de paranoia sobreprotectora, del tipo “a mí que me pase lo que sea, pero no a mi pequeño. A él no”.

-Hace unos meses, da igual cuánto tiempo, le amputaron la pierna. Imagínate, jugador de fútbol en el colegio pedía a gritos que se la cortaran porque ya no podía resistir el dolor. Y eso hicieron creyendo que de este modo también eliminarían el cáncer. Lo que no tomaron en cuenta es que hizo metástasis extendiéndose por diferentes órganos de su cuerpo. Yo le acompañé desde el momento en que le detectaron el mal. Le ayudé, con terapia, a sobreponerse al martirio que padecía. La morfina hizo lo suyo, por supuesto. Pero también mis palabras, todo lo que aprendí en seminarios sobre cuidados paliativos en Santiago y Buenos Aires, algo impensable en nuestro país, a veces dislocado del mundo. Mira, hasta pude arrancarle una sonrisa mientras veíamos Bob Esponja. Carajo, era un niño con toda la vida por delante que no tuvo tiempo de enamorarse.

Una lágrima furtiva escapa a la continencia. Los paliativistas lloran a solas, cuando nadie los ve. Esa es la única manera de asimilar la pérdida y volver al campo de batalla, donde se combate el cáncer desde el corazón. Sucede que en estos tiempos de vitalismo descontrolado, inmediatez de lo absurdo, extremaunción del pensamiento reflexivo e imperio de la tecnología sobre la empatía, aún hay gente a quien le preocupa la calidad de vida hasta la muerte. Por supuesto, ahí, firme en su labor altruista, está Marcela.

-El jovencito se fue sin sufrimiento. Una noche se durmió para no despertar jamás. No soy religiosa, aunque tengo fe. La religión traza una hoja de ruta a seguir, te guste o no. Supongo que nado a contracorriente. La convivencia con la muerte me ha enseñado a comprenderla como parte de la vida. Sé que es difícil de entender.

-La religión-le comento-es doctrina, ideología, dogma. Estas palabras forman una trinidad letal. Mira lo que hemos hecho y todavía hacemos en nombre de la cruz o la media luna…

-La fe es otra cosa. Es creer en algo o alguien que no ves; yo he perdido la fe en las instituciones, el Estado como tal, las normas y la medicina entendida como un negocio lucrativo. ¿Y sabes por qué? Pues porque veo de qué se trata todo eso cada día, a cada hora, en cada enfermo que espera un desenlace en su lecho sin una ley que lo ampare. Estamos en pañales cuando se necesita algo tan simple y acorde con los derechos humanos que son los de cualquier paciente, como el testamento vital.

-¿Acaso no es algo parecido a una suerte de última voluntad?

-Significa el ejercicio de autonomía del paciente; el derecho a decidir qué tratamientos quiere recibir y aquellas opciones clínicas disponibles en caso de una situación irreversible. Si yo te contara los casos en que un paciente clamaba por un poco de caridad humana… Como el niño que te he contado.

Marcela se detiene. Atiende su teléfono móvil. Se trata del familiar de uno de los enfermos terminales que visita a domicilio. Poco después de colgar, me cuenta que es un hombre de sesenta años diagnosticado con cáncer de próstata. Cansado de quimioterapia y radioterapia con un impacto agresivo y efectos colaterales insoportables, decidió abandonar la clínica “para morir en mi cama, rodeado de los míos”. Los suyos, evidentemente, son sus seres queridos, incluido un golden retriever que no se aparta de su vera, pero también una selección de lo más granado de su biblioteca. “Al menos ahora tengo el tiempo que me faltaba para acabar Por quién doblan las campanas”, le confesó a Marcela con una media sonrisa en un rostro demacrado por la medicación. “Ahora mismo me fumaría un porrito para olvidarme de ese malestar en la boca del estómago”, dijo en su momento frunciendo la nariz. Esa es otra historia, claro está, en un país cuya legislación penaliza el consumo de marihuana aun con fines terapéuticos pero amplía la frontera de los cultivos de coca. Sí, llámelo usted política y acertará al cien por ciento.

En tanto, los pacientes impacientes asisten expectantes al debate sobre la salud. Los médicos y aquellos aspirantes a serlo, defienden en las calles, marcha arriba, protesta abajo, lo que consideran sus derechos laborales vulnerados por la libre afiliación, el certificado médico gratuito y la acción popular que les impide interrumpir la atención sanitaria por cualquier concepto. Desde el Gobierno se censura acremente esta actitud y se propone el análisis consensuado de un proyecto de ley marco de salud, esa reforma que duerme el sueño de los justos desde la fundación de la República. El problema es, a mi modo de ver, lingüístico. Son incapaces de entender lo que ellos mismos escribieron en una receta y mientras la desciframos los enfermos se acumulan en el Hospital de Clínicas y el Viedma para recordarles que una sociedad que no privilegia la salud está abocada al desastre. Y ahí vamos sin casco ni frenos, cuesta abajo, hacia del abismo.