Los jovenes y la muerte

Raúl Pino-Ichazo Terrazas
(Abogado, posgrado en Educación Superior e Interculturalidad, doctor honoris causa, autor del libro “Adolescencia”, docente universitario, escritor)

Los jóvenes en su búsqueda de la verdad creen que la muerte como cesación de la vida no genera oclusión o el final de lo bello, ya que el espíritu a través de los sentidos, mientras había vida, aprehendió todas las sensaciones con la percepción  que se trasforma en inherente, vaticinando una vida ulterior. La muerte determina la separación del cuerpo, entonces, el alma de mujeres y hombres empieza su supervivencia supra corporal, inmortal y, por  esa razón fundamental, el pensar, el querer  la voluntad no están ligados al cuerpo y sin duda dejan de existir.

La muerte  para los jóvenes, que son muy inquietos en la lectura, significa retornar a la unidad del espíritu que dominara su existencia intramundana,  despojándose de su  sensación o miedo  de sentirse preso en el mundo, en cuyas vanidades  y placeres  corre el peligro de perderse a sí mismo, como consecuencia del libre albedrio, aunque  mujeres y hombres hayan nacido con tendencia al bien, empero, Dios les concedió voluntad para que cada una y uno sea  responsable de sus actos.

Los jóvenes leyeron que la muerte nos aproxima a Dios  por  lo que la misma no se la debe considerar como una pena de muerte. Al cesar la vida, por lo contrario, la muerte hace concluir  la espera por el mundo espiritual y a la presencia de Dios, entonces, la muerte solo le quita a mujeres y hombres la vida temporal y le posibilita el retorno  a la unidad del espíritu.

¿Por qué los jóvenes ven la vida con optimismo y no con un pesimismo por la finitud?, porque comprenden desde que poseen dominio de su pensamiento que en realidad  el alma humana espiritual es simultáneamente principio de vida, exteriorizándose  a lo vital no como una antítesis sino como el ámbito de su actividad en unión al ser total de mujeres y hombres. El espíritu es lo más elevado  y el único hacedor de todos los valores de la cultura que sobrepuja, en su calidad de inmortal, el dominio total de los valores terrenales; por ello, comprenden los adolescentes, está en real antítesis con la muerte que cesa toda actividad fisiológica; consecuentemente la vida espiritual es la más noble y acabada misión de la complementación humana. Esta vida espiritual genera la felicidad como fin último y supremo bien, que estructura el verdadero sentido de la vida.

No importa la creencia diferente que profesen los humanos, lo que es una realidad es que la idea de Dios como presencia insondable ha inquietado profundamente  a la mujer y al hombre sencillos, preferentemente a los jóvenes  y ha estimulado a los intelectuales  a recurrir a la actividad intelectual de  pensar, al razonamiento, al raciocinio para encontrar la verdad en lo profundo.

Esta concepción sobre el contenido de felicidad elude, por supuesto, al placer y a los bienes exteriores  y se arrima fuertemente a las virtudes, y  a los jóvenes   les inquieta el conocimiento de la verdad, concluyendo que esa realidad corresponde a la propia naturaleza de mujeres y hombres y descubren que en el plano siguiente  de la felicidad están los conocimientos; por esa razón estudian y se esfuerzan al máximo  porque son conscientes que son el futuro de sus pueblos.