Noticias El Periódico Tarija

Max Murillo Mendoza

Las historias oficiales son poderosas herramientas para encubrir lo que realmente ha sucedido. Porque se encargan de encubrir y manipular los hechos, para justificar los puntos de vista de las clases altas en todas las sociedades, pues los intereses que se juegan para esos grupos son también definitivos: dinero, poder político, Estado, historia, etc. Desde tiempos inmemoriales las mentes y los espíritus libres desde la pobreza, como excepcionalmente desde la riqueza, han soñado en ver a sus sociedades y culturas libres de explotaciones, de esclavismos, de engaños, de muertes y libres en sus sueños de un morar en la tierra sin explotados ni explotadores. Destruir al hombre como lobo del mismo hombre, para compartir esta tierra realmente como hermanos, o al menos como buenos vecinos. Ilusiones y esperanzas que siguen en mesa, pues existen humanos enfermos, tontos, imperiales, fuera de todas las directrices de humanidad y comprensión, y sociedades enfermas como carcomidas y corroídas en su propia mentalidad, desde hace mucho tiempo.

Aquel Cristo que nació en una familia de campesinos pobres en Belén, comprendió desde muy temprano la realidad de su tiempo. La ocupación del imperio romano y la complicidad de las clases altas judías, para el saqueo y la explotación de Roma en aquellas tierras judías y de otras culturas. Ese hijo de dios, dicen los mitos, no se calló ante el desastre de las injusticias, de las hipocresías de las clases altas judías al que los llamó sepulcros blanqueados; o a los sacerdotes que se callaban ante las injusticias hacia los más pobres y marginados. En el Sermón del Monte, Cristo condenó a los ricos al infierno y desafío abiertamente al poder romano, defendiendo a los marginados de su tierra y el mundo. Mensajes profundos y verdaderamente éticos, que ni siquiera hoy se reflexionan o estudian como verdaderos valores ante el desastre de la modernidad. En todo el sentido de la palabra Cristo fue un rebelde, un luchador social de su tiempo, algunos dirían un revolucionario, un comprometido por los más pobres. Como en muchas historias del mundo, tenían que matarlo, asesinarlo y destruirlo. Los judíos de clase alta no le perdonaron su espíritu rebelde, inconforme y abiertamente en contra de todos los poderes explotadores y crueles, y se inventaron leyes para condenarlo y crucificarlo en nombre de la legalidad y el Estado judío.

Pero la historia que nos llega desde los poderes de las iglesias y los Estados, es de un Cristo sin rebeldía, vacío, con mensajes de paz sin sentido alguno, pacífico en el sentido de un rico que perdona todo desde la comodidad, sin ideas ni desafíos sociales. Un Cristo petrificado en la historia, como la de un Buda que sólo sirve para la adoración y el desahogo hipócrita frente al bullicio del mundo. Por eso la adoración por todo el mundo de las clases altas, de los sectores más conservadores y reaccionarios de las sociedades, de los poderosos del mundo que a  cada rato piden bendiciones para sus poderes explotadores. Muchos dictadores de todas las culturas del mundo, como en Bolivia, sellaron consignan mentales como Dios, Patria y Honor, para dejar claro que el poder no perdona otros colores, otros dioses y otras osadías. Ese Cristo rebelde y contra el poder total, prefirió la muerte antes de la traición a los más pobres y marginados y sus causas. Ese Cristo ha sido borrado por la historia tradicional y sus dueños señoriales.
La importancia de las religiones tiene que ver muchas veces con las identidades colectivas, con las identidades culturales de los pueblos. Y ha sido el invento más brillante de los hombres, para hacer de esta vida algo más aceptable, con sentido del más allá ante el miedo a la muerte y la incertidumbre de lo desconocido. Todas las culturas del mundo nos hemos esforzado en crear dioses y mitos, para reconfortarnos con nosotros mismos frente al universo. En el transcurso del tiempo muchas religiones han servido ideológicamente a sus clases altas, para imponer sus códigos a otros pueblos, para justificar implacables conquistas y después imposiciones mentales y educativas mediante las religiones. Y ese ha sido el caso de la religión cristiana. La Cruz de Cristo ha servido más para conquistar y asesinar culturas, que para plantear otras opciones posibles. La Cruz de Cristo ha servido más para colonizar y abusar de niños indefensos, que para liberar y crear espíritus libres y rebeldes como la de Cristo. Pero el poder de las historias tradicionales se encarga precisamente de eso: justificar desde el poder la cruz de Cristo.

Hoy cuando el mundo asiste a peligros globales de parte de los más poderosos imperios, que no casualmente son cristianos, y nos ponen a un paso del abismo nuclear y destrucción de la naturaleza, pues extrañamos a espíritus rebeldes como Cristo Jesús. Espíritus que denuncien sin miedo a la muerte a tanta hipocresía del sistema cristiano occidental: comprometido con las más terribles y aberrantes guerras, matanzas colectivas, explotaciones económicas a países enteros, a continentes enteros. Que denuncien el saqueo moderno y cruel, las migraciones forzadas por la miseria creada por esos poderes, que denuncien el esclavismo moderno y sofisticado de culturas, e incluso de países. Que denuncien el silencio cómplice de las masas cristianas, viendo cotidianamente el circo de las guerras, del sufrimiento de miles y miles de millones por todo el mundo. Que denuncien a la ciencia y la racionalidad de la muerte. En el mundo actual, cómo no extrañar aun Cristo rebelde y combativo.

Estos días veremos a masas de creyentes en procesiones vacías, sin sentido crítico y rebelde, sólo obedeciendo a consignas del poder religioso: rezar y rezar en nombre de nadie. Sin saber que el Cristo verdadero se habría asqueado de esos rezos sin sentido de vida, sin sentido de combate y sin pertenencia a nada. Realmente ya no queda nada de ese Cristo crítico, rebelde, espíritu libre y que prefirió entregar su propia vida antes que traicionar las verdaderas causas de esta vida: la de los sin nombre, los más marginados por la historia tradicional, los miles y millones de desamparados y pobres, que claman todos los días algo de justicia terrenal. Ese Cristo ya no existe hace dos mil años.

La Paz, 14 de abril de 2017.