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Mercedes Bluske y Jesús Vargas Villena

(Verdadcontinta/marzo 2017) El título que ostenta la ciudad de Tarija, como “la más limpia de Bolivia”, es gracias a ellas y su trabajo. Pese a su sacrificada labor, pocos reconocen su esfuerzo. “Tarija la linda, Tarija la limpia”, es fruto de su trabajo.

Rosa Vaspineiro Luna y Janet Siles Rojas son parte del equipo de barrenderas de la Empresa Municipal de Aseo de Tarija (EMAT), cuyo trabajo se traduce en la imagen que muestra la ciudad a locales y turistas.

Aunque barrer las calles puede parecer una tarea sencilla, es un trabajo bastante sacrificado y que conlleva numerosos riesgos. Además, las inclemencias del tiempo no dan tregua a su trabajo.

Primavera, verano, otoño e invierno, no son más que estaciones referenciales para ellas, pero su labor puede ser aún más compleja dependiendo de la época. “Cuando llueve es más difícil porque nos mojamos y la basura pesa más”, cuenta Rosa. Por su parte, para Janet se hace más difícil barrer en otoño, cuando las hojas caen sin consideración alguna esparciéndose por los rincones más ínfimos de la vía pública.

La vida en la madrugada, sin lugar a dudas, es dura.

Su día empieza a las dos y media de la mañana, para estar en su fuente de trabajo a las tres. Aún con la luna iluminando desde lo alto del cielo, con su mandil y escoba en mano, Janet y Rosa empiezan a limpiar las calles de la ciudad.

“Bueno, como hay harta basurita, no se puede acabar tan rápido. Yo termino a las siete de la mañana”, dice Rosa, la mayor de las dos mujeres, quien durante esta temporada, trabaja en el barrio  Fátima.

Por su parte, Janet cubre la zona central, por la plaza Campero. Las barrenderas van rotando por diferentes zonas cada dos o tres meses.

Además de barrer,  su trabajo  contempla también el levantar las bolsas que deja la gente. “Hay mucha basura”, dice Janet, quien asegura que en el centro hay más desechos que en cualquier otro lado, especialmente por los locales comerciales y restaurantes.

Aunque suene extraño, de la basura puede aprenderse  y tener lecciones importantes. En el caso de Tarija, ésta no sólo refleja una sociedad poco comprometida con el medio ambiente, sino que también está falta en valores. Después de todo, las calles son un digno reflejo de las sociedades, pues las hacen los habitantes.

“Hemos encontrado animales muertos y hasta placentas o fetos”, relatan en voz baja, Janet  como si tuvieran miedo a que alguien más escuchara su conversación.

Pero aparte de lo que encuentran en la basura, no deja de sorprenderlas lo que ven en la calle. “Ves hasta cosas que no quieres ver. Gente robando, peleando, accidentes o parejas haciendo cosas que no tienen que hacer en la calle”, dice sonrojada  Janet. Una vez más, las calles son el fiel reflejo de sus habitantes.

Los peligros de la noche también son una amenaza latente para estas trabajadoras nocturnas. Autos a toda velocidad, borrachos, delincuentes y ladrones, son parte de ellos. “Entre nosotras nos cuidamos”, dice Rosa.

Según explican, en determinados puntos de su recorrido,  se encuentran con otros trabajadores que están barriendo las calles y “se van viendo”. En caso de que a uno le ocurriera algo, sus compañeros tienen el deber y la obligación de dar parte a la oficina de EMAT.

“A mí una vez me pegó un señor que vendía sándwiches”, recuerda Rosa, dejando escapar una risa nerviosa que intenta ocultar bajando la cabeza, para mirar de reojo su pollera. “Yo le había reclamado que no deje la basura fuera de hora”, continua la trabajadora,  porque  ya había limpiado por ahí.

Tras el reclamo, el hombre que tiene su puesto sobre la avenida Domingo Paz, dio una cachetada a Rosa, quién por reflejo, le devolvió otro golpe. Pese a que dio parte a la oficina para que el agresor fuera notificado, asegura que desde entonces prefiere “hacerse a un lado”, para que no le falten más al respeto.

Janet explica que en situaciones similares, o cuando ve a un grupo de jóvenes consumiendo bebidas alcohólicas en la vía pública, prefiere no barrer esa parte para no exponerse.

Navidad, Año Nuevo, Semana Santa,  San Roque o  Todos Santos, entre otras son las épocas más difíciles, no sólo porque aumenta el número de borrachos, sino porque les dejan más trabajo, ya que en su rubro,  no hay sábados, domingos y menos feriados.

“Cuando más turistas llegan, más presentes tenemos que estar nosotros”, asegura Janet.

Por su parte, mientras su familia se dispone a pasar un día festivo cuando hay algún feriado, ellas deben trabajar, pues su día libre es un domingo de por medio y sólo por la tarde. Barrer las calles es un oficio de lunes a lunes, literalmente.

Para poder rendir a lo largo del día, Rosa  debe dormir a las ocho y media de la noche, mientras que Janet, por su hija que sólo tiene tres años, no puede acostarse antes de las once. “Uno se acostumbra”, afirman con una sonrisa en el rostro.

Pese a sus sacrificios, su actitud positiva demuestra que más allá de su demandante rutina, tienen muchos motivos para sonreír.

“Hay veces que la gente no les deja recoger su basura, porque no quieren moverse del lugar en el que están”, reconoce Hernán Garzón, de la compleja tarea de estas funcionarias. Garzón es encargado de la coordinación de los horarios de trabajo de las barrenderas como de los camiones recogedores de basura.

Ellas son parte del pequeño grupo que trabaja con la luna como testigo. Aunque pertenecen a un sector que generalmente  queda en el olvido, Tarija, sin ellas, no serían “tan linda ni tan limpia”, como la presumen sus habitantes.