Noticias El Periódico Tarija

Nayú Alé de Leyton

¿Qué es la Iglesia?

La Iglesia somos todos los bautizados que seguimos a Cristo. La Iglesia no solamente está formada por el clero sino por todos los católicos.

Quisiéramos que fuera perfecta, porque perfecto es su Creador Cristo, pero no lo es porque nosotros los miembros que también la formamos no somos perfectos, somos seres humanos imperfectos, por eso decimos que la Iglesia está formada por santos y pecadores.

Como miembros de la Iglesia nos alegramos de todo lo bueno y positivo del accionar de la Iglesia, pero también sufrimos por todo lo malo que pueda pasar dentro de ella; nos duele porque somos miembros de un solo cuerpo (Ef.5-23).

La Iglesia es un gran rebaño que camina a través de los tiempos bajo el amparo de un solo Pastor.

La Iglesia que amo y que todos amamos nos muestra el camino hacia Cristo y es el faro que señala el puerto. Es la que cree que la presencia del espíritu puede estar más presente en un solo hombre que ama, que en muchas organizaciones y estructuras.

La que no enlaza con ningún poder humano, ni político, ni social, porque sabe que su misión es fecundar y denunciar lo que es bueno, lo que es justo y lo que es malo.

Es la que en vez de pedir obediencia a ella, pida obediencia al Creador.

Es la que al conocer la pequeñez de la fe de los hombres a la hora del sufrimiento y el dolor, cuando parece que la barca va a zozobrar, no recrimina, sino que abre una puerta de esperanza y nos dice como Cristo: ¿Por qué teméis? (Lc.8,25).

Es la que en vez de sembradora de miedos y de castigos, se abre al mundo para ser sembradora de esperanzas.

Es la que siempre está con las puertas abiertas para todo aquél que ame y que no pierda a ningún mensajero del Espíritu que pueda enriquecerla.

La que acepta que puede equivocarse, que puede desviarse pero que no puede perder el camino que es Cristo, porque cuando se tabalea o se peca, no es cristo quien se tambalea.

La que demuestra al mundo que el hombre es libre, que puede ser inmensamente libre obedeciendo al Creador.

La que generosamente ofrece su riqueza espiritual pero en un ofrecimiento amoroso de hermandad sin imponer sanciones.

Es generosa, nos orienta y nos asegura que seremos más fieles, cuando más busque, más pruebe, más profundice, más descubra, aunque corra el riesgo de equivocarme, pero que madure a una fe profunda.

Es la que escucha con más compromiso la voz de los pobres y de los débiles que la de los poderosos, porque los pobres son los más libres, los menos comprometidos con el mundo, los más abiertos a Dios.

Es la que tiene vocación de defensora de los derechos humanos, la que tiene vocación de protectora, la que salva bendiciendo y perdonando.

Es la que tiene capacidad de ser actual siempre, de ser consciente de poder repartir a Dios, de necesitar constantemente de todos, la que va siempre delante del rebaño como los pastores del oriente, la que nos muestra que Dios sigue vivo y está aquí y es inefable, es nuestro, es como nosotros, que ama, ríe, llora, es celoso y tiene una debilidad innata por los caídos, los humillados, los sin nombre, los encadenados, los hambrientos, los últimos, los “nadie”.

La que se preocupa por ser más auténtica que por ser más numerosa, de ser sencilla más que poderosa, de ser ecuménica más que ser santa.

La Iglesia que amo es la que dice: “Somos un pueblo en camino, hacia una meta en común y necesitamos ir agarrados de la mano, beber de la misma fuente y tantear los mismos peligros para llegar al Padre”.