Una ciudad violenta y peligrosa

Algo no está bien, por alguna razón que aún no descubrimos la violencia se ha instalado en nuestra sociedad, cada fin de semana reportamos la información que brinda la policía y los hospitales, decenas de casos de agresiones, de heridos y de fallecidos como consecuencia de riñas y enfrentamientos. Sin duda el consumo excesivo de alcohol es el detonante en la mayoría de estas trágicas situaciones, un flagelo que golpea duramente en Tarija y contra el que no estamos haciendo mucho. Basta mirar lo que sucede cada viernes, sábado y domingo, basta mirar lo que pasa en días de fiesta como el carnaval, efemérides departamental  festejo por la primavera, año nuevo, etc., toda festividad es pretexto para beber.

Recordamos con tristeza y vergüenza el caso de un jovencito que vino de Santa Cruz a pasar unos días a nuestra ciudad, tuvo la mala suerte de encontrarse con una turba en una discoteca que lo golpeó hasta matarlo, no fue la primera ni tampoco la última vez, ya había sucedido antes,  la vida de una familia cambió para siempre por culpa de ebrios que se ensañaron sin razón con alguien que estaba en clara desventaja. Así se suman hechos de feminicidio, infanticidio, homicidios y asesinatos a sangre fría, que se presentan cada vez con más frecuencia ante la inacción de nuestras autoridades.

Lo que le pasó a Kevin Aguirre, un joven que trabajaba como seguridad de un local nocturno es el fiel reflejo de la degradación de principios y valores que se vive en Tarija, no se trataba de borrachos peleando en contra de otros borrachos, no era que dos tuvieron un problema y lo querían resolver «como hombres», es sólo la aberración de golpear a un indefenso de manera enajenada hasta perder la noción del daño que se le puede ocasionar, este muchacho sólo cumplía con el trabajo que los dueños del local donde trabajaba le habían asignado.

Algo está fallando en la familia, que es la célula de la sociedad, tal vez la distancia entre sus miembros, la escasa  comunicación entre ellos, el enfriamiento de sus relaciones, la agitada vida social que le impide compartir, que cierra las puertas a conocerse entre sí, a saber los problemas en común y brindar la ayuda u orientación que se precisa. Si a esto le sumamos el alcohol y el consumo creciente de drogas, simplemente queda concluir que estamos caminando hacia un abismo, un barranco profundo del que no se puede volver, el problema no está ya en los adultos que somos, es peor, ha cundido a nuestros jóvenes y ha llegado hasta nuestro niños, el problema es más serio y complejo de lo que creemos.