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Madrid. Enviada especial. El taxista tenía sintonizada su radio en Onda Cero. Allí, en el programa de la mañana, uno de los conductores celebraba la ceremonia que acababa de tener lugar: con el presidente argentino Mauricio Macri, España había estrenado un nuevo protocolo de recibimientos para visitas de Estado que incluye más fastos y ornamentos –una vistosa parada militar, uso de un Rolls Royce para el traslado de las visitas y escoltas de la guardia real a caballo- y un drástico cambio de escenografía, ya que dejó de hacerse en el Palacio El Pardo (donde se alojan los mandatarios extranjeros) y en cambio ahora se lleva a cabo en el Palacio Real, que es la sede política del jefe de Estado, algo muy celebrado por los expertos en protocolo, además. «Esto es lo que tiene que hacer este país», decía enfervorizado desde la radio uno de los conductores de Más de uno, «tenemos que terminar con esas ceremonias pobres y pequeñas, de crisis y culposas. Como lo hicimos ahora es como debemos hacerlo. Los ingleses lo hacen así todo el tiempo, muestran que son grandes. Y nosotros debemos hacerlo porque España también es grande».

La visita de cuatro días de Macri a España no resulta indiferente y es hasta revulsiva en materia de cuestiones locales y tiene repercusiones palpables en la calle y en los medios. En algunos casos, como en el cambio de protocolo, se trató básicamente de una casualidad: Macri es el primer jefe de Estado que llega desde la visita del peruano Ollanta Humala, en julio de 2015. La ausencia de esas visitas está muy relacionada con lo que fue la parálisis de gobierno en España, que se convirtió en un paréntesis para el juego de las relaciones bilaterales con el resto del mundo. Le tocó por azar tal vez al presidente argentino (más allá de la decisión del rey español, que puso esto en marcha ahora y no en otro momento) protagonizar este cambio de rituales, que los monárquicos y nostálgicos de grandeza celebran y que el ciudadano común muchas veces disfruta también en calidad de espectáculo.

La razón que esgrimió Felipe VI para el cambio de protocolo es la de difundir en el mundo la grandeza como monumento del Palacio Real, también conocido como Palacio de Oriente, mandado a construir en 1734 por Felipe V, también llamado «el animoso» y que fue el primer Borbón. El apabullante edificio de 135 mil metros cuadrados y 3418 habitaciones fue diseñado y levantado por el arquitecto Juan Bautista Sachetti y sus dimensiones son prácticamente el doble de las de Buckingham y Versailles. Los reyes no viven ahí sino en el Palacio de la Zarzuela, en las afueras de Madrid.

Tampoco resulta indiferente a los españoles –y ahí ya no se trata de casualidades sino de gestos, belleza y gusto- la presencia de Juliana Awada, la esposa de Macri, que tiene cautivados a todos y a todas y a quien la picardía popular ha convertido en adversaria de la reina en materia de estilo. «Ganó Juliana», decía en un almuerzo sin dudarlo una periodista española, resumiendo en dos palabras un duelo de figuras, colores, géneros, peinados, maquillaje y glamour. Y altura, habría que agregar.

Los artículos sobre el estilo de la empresaria argentina tienen permanentemente espacio en la cobertura de la visita del presidente, sus ministros y la comitiva de empresarios que llegaron hasta Madrid para relanzar la relación bilateral y buscar reflotar esas inversiones que se interrumpieron por la crisis local pero también por la traumática salida de la Argentina de anteriores inversiones, en medio de lo que fue el festival político y retórico del nacionalismo económico del kirchnerismo, luego de años de abusos ilimitados y connivencia con el poder político por parte de los empresarios españoles.

En el campo político también la visita de Macri generó ruidos y enfrentamientos locales. Mientras el oficialismo celebra la llegada de un mandatario afín en el mundo de las ideas y las formas, desde la izquierda latinoamericanista de Podemos le hicieron saber a Macri –con dureza pero sin grosería- que es para ellos una persona no grata.

«Es evidente que el señor Macri es de los suyos», le dijo al conservador presidente de Gobierno Mariano Rajoy en una sesión parlamentaria previa a la llegada de Macri a las Cortes el diputado Iñigo Errejón, aún golpeado por la derrota en la interna ganada por Pablo Iglesias, que lo privó de liderar el partido y lo dejó sin su cargo de portavoz. Errejón criticó la ola de despidos, los tarifazos, la detención de Milagro Sala y la aparición del nombre de Macri en los Panamá Papers. Su partido llama a Macri «el presidente offshore» y aunque sus diputados estuvieron en el Parlamento, no aplaudieron y decidieron no asistir a la cena brindada por Macri al rey.

Errejón tuvo más gestos provocativos, como cuando le pidió al pueblo argentino: «aguanten, no aflojen, vamos a volver» o cuando hizo la señal de la V luego del discurso de Macri. Lo que no deja de ser curioso es que tanto él como el resto de sus correligionarios cuestionan a Rajoy, del PP, porque supedita las relaciones con Argentina a la «afinidad ideológica» y en lugar de hacer política exterior de país hace «política exterior de partido», una crítica que bien podría también caberles a ellos mismos o que al menos debería llevarlos a reflexionar si no supeditan también ellos cada una de sus declaraciones o gestos a esa misma afinidad o sintonía ideológica con el resto del mundo.

Por su parte, la alcaldesa de Madrid, Manuela Carmena, una mujer de izquierda independiente que llegó al ayuntamiento apoyada, entre otros, por Podemos, sí asistió a los diferentes eventos vinculados con la visita y le entregó a Macri la llave de oro de la ciudad, un reconocimiento que se entrega por protocolo a todos los mandatarios extranjeros que llegan a Madrid.

Durante esa ceremonia, que no fue pública, en las puertas del Ayuntamiento decenas de personas, entre ellos muchos argentinos, protestaban y pedían la salida de los corruptos de ese lugar. Carmena cumplió con el protocolo pese a esas protestas y a las críticas de Podemos, que acusa a Macri de vulnerar los derechos humanos. La alcaldesa, alguien que por su edad pero también por su experiencia como jueza puede llamarse una persona más allá del bien y del mal, parece haber entendido que las ideas no necesariamente tienen que ir contra las formas razonables de la civilidad y los compromisos de protocolo que llegan de la mano de los cargos.

Mientras Podemos la critica por haber estado tan cerca de Macri en estos días, por derecha también le caen encima por muchas de sus declaraciones y de sus gestos. Uno de ellos, impresionante y conmovedor, el cartel-abrazo que cuelga en los muros externos del edificio del Ayuntamiento y que en letras mayúsculas reza «Refugees Welcome», mientras los países vecinos asisten al inquietante ascenso de las fuerzas más retrógradas y xenófobas de las que se tenga recuerdo en Europa y en el mundo desde la década del 30.