Max Murillo Mendoza
El gran pensador y escritor Octavio Paz, afirmó en una ocasión que los Estados Unidos no tienen historia, porque se cimentaron como sociedad sobre la sangre de los pueblos indígenas, sobre esa destrucción de aquellas historias e inauguraron una manera de apostar sólo por el futuro. No tienen consciencia del pasado, como no les interesa dicho pasado. Esa enfermedad por el futuro les hace como son: nunca respetarán las historias de otros pueblos. Su historia, aunque no la tengan, se basa en el atropello a otras culturas, sobre la soberbia de su pensamiento megalómano por el futuro.
Cuando cayó el comunismo en 1.990 o socialismo real y se derrumbó el otro imperio, los ideólogos del sistema norteamericano consideraron la oportunidad de oro para proclamar el triunfo del sistema liberal, del sistema “democrático” occidental. El fin de la historia como diría el filósofo e historiador Francis Fukuyama, funcionario del departamento de Estado gringo. Pensaron que la caída del comunismo traería por fin una era de paz y prosperidad mundial; pero bajo el manto de la democracia liberal gringa. La Pax Americana estaba consolidada y a todos los creyentes de las ideas comunistas, pues se les miraba como a marcianos o personajes fuera de la historia. De pronto todos se convirtieron en liberales, yupis, democráticos y amantes de las ideas norteamericanas. No tenía sentido alguno pensar en aquellos sistemas comunistas o socialistas, su fracaso era estrepitoso como amargo. En Bolivia todos los izquierdistas de clase media se convierten en sirvientes, técnicos calificados, de todos los gobiernos neoliberales.
Sin embargo, la soberbia del pensamiento anglosajón liberal no duró mucho. Porque el mundo no está hecho a imagen y semejanza de ningún imperio. La prepotencia norteamericana se chocará con todas las culturas del mundo, sobre todo con la cultura árabe: con aquellos gobiernos que nunca le dieron pleitesía a los amos de Washington. A los pocos meses de aquella fiesta anglosajona, se producían atentados en el propio patio de los Estados Unidos, en las propias torres gemelas de Nueva York (1.993). Después vendrán los bombardeos y destrucciones de Irak, Yugoeslavia, etc. El desorden mundial a la carta, con sus desequilibrios geopolíticos estructurales gracias al único lenguaje que tienen los Estados Unidos: violencia y dominio imperial sangriento. Todo lo demás sólo es añadidura estética e hipócrita, como su política exterior y ayuda a la cooperación internacional.
Pues no hubo ninguna Pax Americana, porque no podía haber. En cambio se desencadenó una orgía de sangre por todo el mundo, por las ambiciones hegemónicas anglosajonas de carácter absolutamente injustas. Así llegó lo que se llama los atentados de las Torres Gemelas, signo de triunfo y prosperidad del capitalismo anglosajón. Unos árabes de clase alta, se encargan de derrumbar esos edificios modernos y significativos del comercio mundial, árabes que no eran terroristas de segunda o tercera clase, sino ricos y con familiares en los poderes mismos de la política real de Arabia Saudita. Los gringos estaban estupefactos, no se trataba de unos terroristas pobres y con sed de venganza resentida, sino de gente rica y con contactos en las más altas esferas del poder árabe. El mismo Ben Laden pertenecía a las familias ricas de Arabia Saudita, apoyado por la CIA cuando la invasión de la Unión Soviética a Afganistán, y personaje protegido por el poder de Washington durante muchos años, hasta el ataque y derrumbe de las torres gemelas.
Las torres gemelas o el 11 de septiembre del 2001, son el recuento de una tradicional relación entre la soberbia imperial y la sumisión de la periferia mundial, convertida muchas veces en campos de venganza, batalla diplomática, ataques terroristas y toda forma creativa de enfrentamiento con el inmenso poder gringo. Pero los habitantes de esas urbes gringas, acostumbrados a los actos imperiales como normales, no son conscientes de sus resultados, de sus actos políticos con el mundo. Los bombardeos de los Estados Unidos por todo el mundo, con las razones más tontas y paradójicas de la política imperial, los juegos de poder con sus descontrolados sistemas económicos corruptos, sus inventos de guerras e invasiones como en el mundo árabe, sus torpes intromisiones en Asia, sus concepciones de patio trasero hacia América Latina, provocan por supuesto torres gemelas. Es lógico, es totalmente lógico que provoquen respuestas inesperadas. Tanta ceguera cultural y gringa, las consecuencias tienen que ser inimaginables.
Seguirán existiendo más torres gemelas, mientras sigan y continúen las actitudes imperiales de los amos de Washington, y sus masas o ciudadanos sigan ciegos, tuertos e inconscientes de lo que sus gobiernos hacen y deshacen por todo el mundo. A los gringos no les interesan los miles de muertos en sus bombardeos, los sufrimientos inhumanos de millones por todo el mundo, los sufrimientos inhumanos por sus sofisticados instrumentos de guerra. A los gringos no les interesamos sino como instrumentos de sus negocios turbios y lucrativos. Los actos de masa en sus programas televisivos, sólo son entrenados procesos hipócritas, de llanto y actuaciones de alto nivel para decir que hay algo de consciencia. En realidad no existe nada, el mundo sólo es su patio trasero. Entonces seguirán produciéndose más torres gemelas, mientras sigan las lógicas totalitarias de su sistema político, encubierto en engañosas democracias liberales.
Hoy recuerdan a sus muertos del 11 de septiembre. Y no les interesan los millones de muertos por todo el mundo, producto diabólico del sistema de gobierno norteamericano. Inundan de homenajes por la televisión del mundo; pero nada dirán de los millones de seres humanos que murieron en venganza de las torres gemelas, bombardeados en Afganistán, Irák, Libia y Somalia. Sociedades inconscientes y enfermas de poder, que pues seguirán sufriendo las consecuencias de su ceguera e intolerancia cultural, como soberbia política e ideológica. Esas son las reglas que ellos mismos impusieron por todo el mundo.
La Paz, 10 de septiembre de 2016.