Nayú Alé de Leyton
La esperanza es necesaria para seguir viviendo; cuando sentimos que en nosotros muere la esperanza, ya morimos un poco a la vida, entramos en la desesperación y la desesperación es el infierno.
La esperanza es esa luz que brilla en la oscuridad del dolor, es como cuando el sol alumbra en medio de una tormenta, es el ancla en la que se aferra el angustiado, la esperanza es el salvavidas para que el náufrago se pueda mantener a flote.
Por eso nunca se debe perder la esperanza que es confiar, ¿en quién? naturalmente en el único que nos ama de verdad, es un Dios que es amor.
Todos tenemos necesidad de la esperanza, los sabios y los analfabetos, los poderosos y los humildes, los santos y los pecadores.
El mal nos puede hacer sufrir de mil maneras pero sabemos que todo pasará si en nosotros está viva la esperanza.
Ante el hombre que mata, que viola, que traiciona, ante el hombre que se vende por un plato de poder, ante una humanidad cada vez menos humana, la esperanza es la rendija por donde penetra el aire puro a un lugar contaminado, será la esperanza la que tenga la última palabra en el destino de la humanidad.
Desde Abraham hasta Cristo, desde San Esteban a Luther King, todos los que han creído en la esperanza, han aceptado la muerte sin caer en la desesperación.
El hombre con esperanza es un realista, es un hombre nuevo, aquel que no rechaza fatiga en libertad o entre cadenas, porque espera la victoria.
Ninguna dificultad, ninguna miseria, ningún límite nos puede hacer perder la esperanza, porque vivir significa creer, tener fe, tener confianza en ese Dios que nos prometió el gozo eterno. Después de Cristo sabemos que Dios nos ama, nos perdona, nos llama y no se escandaliza del pecado, más al contrario ama al pecador aunque aborrece al pecado, porque el pecador está más necesitado de su amparo y de su misericordia.
Cristo es nuestra esperanza, en Él ponemos nuestra confianza, para ser capaces de renunciar a nuestro egoísmo, callar en la crítica destructiva, poner el hombro a aquellos que se sienten solos, abandonados o a los que están atravesando momentos de enfermedad o de sufrimiento.
Creer en Dios significa amar a Dios en el hermano, porque creer es aceptar el camino que nos trazó el Señor, cuando nos dice: “Yo soy el camino, la verdad y la vida” y luego “Ámense los unos a los otros”.
Digámosle al Señor:
Señor hay ratos a veces largos en que las contrariedades y los desconciertos me nublan los ojos, creo estar solo y perdido, parece que mi debilidad es impotente para tanta cruz… Señor infúndeme esperanza.