La increíble vida del nadador francés Jean Boiteux

ANDRÉS TÓRREZ TÓRREZ

Dicen, de Jean Boiteux, que fue, sobre todo, el hombre más orgulloso que se haya conocido. Por eso o por lo que fuere, también se convirtió en uno de los deportistas con más anécdotas increíbles a lo largo de su carrera. Lo cierto es que el atleta vasco-francés se hizo conocido por un capítulo en particular, páginas difíciles de borrar.

Nacido en Marsella, en 1933, se crio en una familia de nadadores. Su padre, Gastón, se especializaba en largas distancias, ahora conocidas como maratones acuáticos. Su madre, Bibienne Pellegry, había formado parte de los equipos de relevos franceses que participaron de los Juegos Olímpicos de 1924 y 1928. En La Ciotat (31 kilómetros al este de Marsella), la pareja construyó una piscina de 25 metros, con tres corredores. Allí, los cuatro hijos aprendieron a nadar a los tres años. En familia, pasaban horas jugando al Waterpolo. Ese desarrollo tan «anfibio» catapultó a Jean, una vez que terminó la Segunda Guerra Mundial, a entrenarse bajo las órdenes del prestigioso coach Alban Minville, en Toulouse.

Sin escatimar esfuerzos, Jean fue progresando tanto bajo las órdenes de Minville que, siendo un adolescente, comenzó a participar de competencias en piscinas y aguas abiertas, consiguiendo resultados asombrosos, que invitaban a quienes eran testigos de sus hazañas a dudar de su edad o, mejor, de su proceso de desarrollo.

Las muchísimas horas que el disciplinadísimo Boiteux le dedicaba al entrenamiento no le impidieron conocer a quien sería el amor de su vida, Mónica; a su vez, ésta se convertiría -directa o indirectamente- en eje de una de las imágenes más curiosas de la historia olímpica.

En 1951, menos de un año antes de los Juegos Olímpicos de Helsinki -donde Boiteux había fijado su gran objetivo-, pidió el apoyo de su padre para casarse con Mónica, pero el viejo Gastón -terco como pocos- se negó rotundamente. Confiante y obcecado, el joven nadador pensó algunos meses hasta proponerle a su progenitor: «Si consigo el primer puesto en Helsinki, tendrás que aceptar que me case con Mónica. Sin condición». Gastón, que moría por ver a su hijo colgándose una medalla dorada, aceptó -aun así, a regañadientes.

Hasta que un día llegó aquella bendita final de los 400 metros libres en la Natación de Helsinki. A pesar de la notable preparación de Boiteux, lejos estaba de ser el favorito por tres pesados motivos:

  1. Uno de sus rivales era el «imbatible» estadounidense Ford Hiroshi Konno.
  2. Francia nunca había conseguido la medalla dorada en ninguna prueba de Natación.
  3. Tenía apenas 19 años al momento de esa final.

«¿De qué Konno me hablan?», pensó Boiteux cuando, a brazada limpia, dejó a todo el mundo boquiabierto en el natatorio principal de la capital finlandesa. Incluso, al propio Konno. Imaginen si aquella medalla dorada no tuvo tintes de hazaña para los franceses, que apenas volvieron a subirse a lo más alto del podio 52 años después, en los Juegos Olímpicos de Atenas, gracias a Laure Manadou. Boiteux, el campeón del orgullo.

Aquel primer lugar significó mucho para Jean Boiteux. Además de conseguir el récord olímpico (4m30s) y la primera medalla dorada para su país en esa modalidad, logró la ansiada «bendición» para casarse con Mónica… por fin. Sin embargo, los primeros planos y la imagen más recordada de aquel día estuvieron relacionadas a su padre, Gastón.

Es que, apenas su hijo tocó la pared y se convirtió en el nuevo campeón, Gastón, vestido con camisa blanca, corbata y boina, se lanzó a la piscina, loco de la emoción -antes, incluso, de que algunos competidores completaran la prueba. La escena, en la que ambos se abrazan y lloran, y la foto en la que el joven ayuda a su padre a salir del agua simbolizaron como ninguna otra el sentido humano de los Juegos de antaño, los de antes del profesionalismo y la super – comercialización.

Ya casado, Jean también se hizo presente en los Juegos de Melbourne 1956, donde terminó sexto en los 1500 metros estilo libre. Tras aquella presentación, notificó a todos de que se retiraba de la natación profesional. Se estableció en Burdeos, donde se convirtió en entrenador y presidió durante años el Club de Natación Girondins.

Pero ese «retiro» no fue tal; para eso, habría que esperar. Faltaba otro capítulo importante. En 1962 llegó como entrenador del Girondins a una de las pruebas más tradicionales de la natación española y europea, el Descenso de la Ría, en Navia (Asturias) y su orgullo le pidió una vuelta más. «Vino como entrenador, pero se dejó llevar por la gran atmósfera del lugar y decidió competir. Pensó que se la llevaría fácil, pero fue arrasado por los nadadores catalanes, Luis García y Manolo Oliver», contó sobre aquel día Juan Ignacio Martínez.

Herido en su orgullo, Boiteux se juró ganar aquella prueba al año siguiente. Con ese fin, volvió a entrenarse varias horas por día. Esta vez sí, no se le iba a escapar, sería el ganador. Pero, una vez más, se equivocó. El portugués Antonio Besone se llevó la prueba. Aquel día, derrotado, se juró volver a ser un nadador activo, participando de todas las competencias nacionales. Era la única manera, y él no se dejaría vencer tan «fácilmente».

En agosto de 1964 volvió a Navia, en su tercer intento. Otra vez Besone sería su competidor más serio, pero en esta ocasión el vasco se hizo grande, echando al agua toda su experiencia. «Veterano y astuto, vio que Besone respiraba por un solo lado y se le adelantó por el otro. Cuando el portugués quiso reaccionar, ya era tarde», contó Martínez, que fue testigo de aquel suceso.

Curado de la gran herida en su orgullo, Boiteux recibió el premio por ser el ganador del Descenso de la Ría y, casi sin sonreír, dijo: «Quiero comunicar al mundo que hoy, oficialmente, me retiro de la natación».

Terco como Gastón, su padre, el 11 de abril de 2010 decidió subirse, con 76 años, a un árbol, para cortar una rama que lo incomodaba. Cayó desde las alturas y murió en el acto. Aún seguía siendo aquella leyenda que deambulaba cada día por los pasillos del Girondins.