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Reuters

Durante décadas los vecinos de Toribio, un pueblo enclavado en un fértil valle de las montañas del suroeste de Colombia, han convivido con guerrilleros de las FARC, los han abastecido de suministros y hasta algunos se sumaron a las filas rebeldes.

Mientras se acercan a la firma de un acuerdo de paz con el Gobierno colombiano para superar cinco décadas de conflicto armado, las izquierdistas Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia (FARC) van a tener que luchar por cosechar apoyo a fin de convertirse en fuerza política, incluso en zonas rurales como esta, donde los rebeldes han contado con un histórico apoyo.

«Yo no quiero saber nada de ellos. Me han causado mucho sufrimiento», dijo Martha Lucía Secue, de 40 años, al recordar entre sollozos el día que las FARC detonaron un autobús repleto de explosivos cerca de la plaza principal de Toribio, mutilando un brazo de su esposo. «Nunca voy a votar por las FARC».

A pesar de eso, los guerrilleros, según analistas, tienen más posibilidades de sentar las bases de un partido en las zonas rurales y remotas donde han operado, lugares donde la presencia del Estado no se siente y los campesinos e indígenas sobreviven de los cultivos ilegales de marihuana y hoja de coca.

«Vamos a ver lo que ofrecen, no puede ser peor a lo que tenemos ahora», dijo Teresa Riva, de 40 años, en su tienda que sirve a los trabajadores de cultivos de marihuana en Tacueyó.

Aunque decenas de personas murieron, resultaron heridas o quedaron mutiladas en la región por ataques de las FARC o enfrentamientos entre rebeldes y militares, muchos tienen parientes que se unieron a la insurgencia.