DEPREDADORES, ALCALDES Y “VIVOS” DE BARRIO

Franco Sampietro

Hay un chiste que circulaba en Argentina durante los 90´ sobre un ex gobernador de Córdoba que estuvo en el poder durante unos 15 años: le decían de apodo “Aloe vera”: porque mientras más lo investigan, más propiedades le encuentran. Ese apodo le cabría, como todo Tarija sabe, al ex alcalde Oscar Montes, que se hizo rico (y esto no es una exageración ni una metáfora) administrando este pueblo como si fuera un reyecito encubierto. Pero la diferencia con el ex gobernador Angeloz de Córdoba estriba, primero, en que a Montes nadie lo investiga; y segundo, que a pesar de tal descalabro sigue dando vueltas y emperrado en volver a la política.
 Esto marca una diferencia entre Tarija y otros sitios afines, atrasados y corruptos, donde a los políticos al menos se les intenta hacer pagar por el daño infligido. Para que al menos el próximo que venga no haga lo mismo. Montes, por el contrario, se campea como si nada con más de cuarenta procesos en contra. Más todavía: se da el lujo de seguir con negocios turbios (como la construcción del monumental nuevo cine, donde todavía no se entiende como consiguieron ese terreno municipal, con un costo estimado en 25 millones de dólares, con cinco muertos en su haber desde el inicio y con su yerno entre los accionistas que, sin duda, no tiene ni la centésima parte de ese capital). Hasta el mismo Rodrigo Paz –que no tiene madera distinta, que fue su perro faldero durante más de una década y gracias a lo cual consiguió llegar a alcalde- le da la espalda de una vez por todas. Y así como el ex alcalde debería sentirse en paz por no estar en la cárcel (por el contrario: anda libre y disfrutando su fortuna conseguida con el sudor de Tarija), lo que hace en cambio es querer seguir dañando y tomando el pelo a este pueblo.
Como este es un espacio de reflexión ecológica, solamente vamos a mencionar aquí algunos de los daños medioambientales causados durante la gestión de Oscar Montes (no los económicos, que son muchos más y más graves). Y lo hacemos con el fin de hacer notar la importancia del ecologismo como frente efectivo para frenar a la derecha caníbal. Como dice el filósofo Pablo Feinmann : “Quítenle al capitalismo la posibilidad de expropiar a la naturaleza y lo debilitarán del único modo en que hoy es posible hacerlo”. Es decir: la sociedad tarijeña no ha comprendido todavía el robo colectivo y el daño social que es posible producir por no prestarle atención a esta área básica. De hecho, lo más cercano a la realidad local es hablar directamente de un municipio no-ambientalista. Más aún, el mero concepto de “medio ambiente” no figuró ni figura en el municipio de Tarija. Lo que sigue, entonces, es un breve resumen de algunos de los hechos más dañinos durante la anterior gestión municipal.
Así por ejemplo, el río Guadalquivir padece, y padeció durante las tres gestiones de Montes, el vertido de las cloacas de más de cincuenta barrios: por lo cual se puede concluir que casi la mitad de la población vive entre heces fecales, orines y aceites. De hecho, el Guadalquivir ha sido declarado “Zona de desastre ambiental” (Ley 2459, del 3 de mayo del 2.003), sin que hasta la fecha se haya hecho nada por solucionarlo. Por el contrario, se lo empeoró más, ya que en vez de construir una red de alcantarillado, se dedicaron a embovedar kilómetros de bellas quebradas: los lechos donde antes corría agua purificada naturalmente, ahora están cubiertos de cemento. Su vegetación ribereña, vendida como lotes privados, sirvió para implantar más cemento. El mismo Guadalquivir ha sido estrangulado con gaviones, que en vez de evitar los desbordes los incrementan.
También Montes batió el récord en pérdida de áreas verdes de que se tenga memoria en Tarija, las que pasaron a áreas privadas: ahora ni son verdes ni son públicas.
En cuanto al zoológico, fue tal el grado de maltrato durante su gestión: jaulas risiblemente pequeñas, sucias, miserables; sin protección contra el viento, el frío, el calor, la contaminación atmosférica o acústica;  sin dieta apropiada y sin seguimiento veterinario, que Montes fue declarado “Maltratador de animales”.
Al mismo tiempo, se probó que las fichas ambientales de los proyectos fueron alteradas con el objeto de camuflar el alto grado de impacto ambiental.
También durante su mandato logró colar una norma insólita sobre el derribo de árboles (ordenanza municipal 088/13), que firmó la bancada del MIR en masa.
Nada menos que el matadero municipal evacúa desde toda la gestión de Montes su mugre cargada de sangre, heces fecales, residuos estomacales a la quebrada Cabeza de Toro, que es afluente del Guadalquivir (río declarado, en la apoteosis del cinismo, “Patrimonio  tarijeño” por ley 2460, del 2.003).
A la par, no se realizó –ni se realiza aún- ningún tipo de control o seguimiento a las actividades del sector industrial (donde figuran ramas altamente contaminantes, como las curtiembres).
No se hizo nunca nada, tampoco, contra los asentamientos en todo el valle central.
No invirtió absolutamente nada, en quince años de su aventura, en educación ambiental.
No sólo permitió que se lleven del río toda la cantidad de áridos que uno quiera, sino que él mismo creó su propia empresa, para sacarlo por su cuenta y venderlo…¡A la misma alcaldía!.
En suma: hablamos de un grave depredador ambiental -que en un país de Europa estaría preso por delitos ecológicos- al que no le ha pasado nada de nada y que encima pretende seguir dando vueltas por las cloacas de la política tarijeña.
Ahora bien, podríamos quedarnos tranquilos si aquí se hubiera finiquitado todo: “muerto el perro, acabada la rabia”, como afirma el dicho. Pero los hechos no afirman lo mismo, porque el alcalde que lo sucede va por parejo camino, si no peor aún (aunque parezca de realismo mágico). Así –en el intento de no caer en la mera enumeración caótica- pasaremos a ver algunos datos del nuevo cacique en la alcaldía, como una muestra de que el problema no es político sino cultural, no coyuntural sino secular. A saber:
En cuanto al río Guadalquivir (una vez más: declarado “Patrimonio tarijeño”, está repleto de chancadoras y volquetas que la alcaldía –ahora de Rodrigo Paz- permite que lo conviertan en una mina de extracción y que aniquilen a sus especies. A la par, se vierten directamente un promedio de treinta toneladas de agua servidas por día. Y la misma suerte corren las quebradas.
Sobre las Lagunas de Oxidación, fueron tan mal diseñadas que ahora el agua sale a la superficie tan sucia como entra, desembocando primero en la quebrada Sagredo y después…en el Guadalquivir, causando pestilencia y malestar en los barrios aledaños. La gestión de Paz no sólo no invierte una moneda para solucionarlo, sino que miente sobre la construcción de micro-plantas, que ni siquiera figuran en el POA.
El Relleno Sanitario de Pampa Galana recibe un promedio de 150 toneladas de basura diaria provenientes de casas, mercados, mataderos clandestinos, hospitales, etc., sin que se recicle absolutamente nada.
En una ciudad donde gran parte de la población carece de agua potable las 24 horas, resulta que se derrocha sin el menor control en piscinas, lavaderos de auto y otros lujos afines, al punto que se gastan ¡267 litros por habitante al día!. Mientras el nivel del agua subterránea baja ochenta centímetros por año, por supuesto que no se construyen atajados o zanjas de infiltración para canalizar el agua de lluvia. De hecho, ni siquiera se concientiza a la población para que no la derroche.
Las áreas verdes siguen desapareciendo como por arte de magia. La erosión avanza a pasos agigantados, mientras la alcaldía no mueve un dedo y fomenta festivales de chancho a la cruz, que desforestan: se talan unos cien churquis por cada uno de estos festivales absurdos y copiados de Salta.
El matadero sigue descargando residuos sólidos en el Guadalquivir igual que antes. Las obras municipales siguen tirando árboles como antaño. El zoológico Oscar Alfaro está a punto de cerrarse por el desastre de su funcionamiento. No se controla en absoluto la ficha ambiental del sector industrial privado. Siguen sin casi existir basureros públicos. La contaminación auditiva (bocinas, motos, obras), aérea (polvo de las construcciones, tinglados), visual (galpones, cableríos) generan una ciudad caótica, incómoda, fea y desordenada. Los basureros municipales sin reciclar (donde se mezclan los residuos orgánicos con los tumores del hospital, las heces con desechos químicos) son visitados cada noche, “curiosamente”, por miles de chanchos que se alimenta gratis de este veneno y que después la población se come en festivales masivos impulsados por la misma alcaldía. Y por si fuera poco, campea en Tarija una epidemia de cáncer: pero la alcaldía no se mosquea siquiera en averiguar cuáles son las causas.
¿A quién van a culpar de estos desastres?, ¿A los collas? En suma, ni durante la gestión de Montes ni tampoco ahora con la de Paz se respeta en lo más mínimo la ecología. Por el contrario, contaminan cada vez más, mientras se lavan las manos diciendo que no es competencia suya cuidar el medioambiente (¡¿?!).

LAS PERAS DEL OLMO
La conclusión de todo lo anterior es que semejante situación global no puede ser más que la consecuencia de una crisis más profunda que la meramente económica: una crisis moral. En efecto, ¿Qué pasa cuando la contaminación extrema, la pobreza extrema, la discriminación extrema, la corrupción extrema, la ignorancia extrema y el cinismo extremo dejan de escandalizarnos?: sencillamente, que esos fenómenos se han impuesto. Cuando se convierten en parte de nuestra vida cotidiana, cuando pierden peso en nuestras conversaciones, cuando se incluyen en el entorno existencial en que vivimos, cuando los desplaza a un segundo o tercer plano el discurso de la sonsera española y la ´friboludez´ de la Expo (o ahora Fexpo), significa que se han naturalizado. Llega un punto en que todo eso se instala y ya es difícil volver atrás. Se dice que una sociedad se define por los elementos que puede tolerar y los que no. Son los valores espirituales que la definen y que marcan su grado de civilización. ¿Podemos, en Tarija, hablar de civilización de este modo?. En palabras del gran Primo Levi: “Una población se considera tanto más desarrollada cuanto más sabias y eficientes son las leyes que impiden al miserable ser demasiado miserable y al poderoso ser demasiado poderoso” (´Si esto es un hombre´).
Y es que si tomamos la realidad en bruto, parece como si la presencia de la corrupción (y por lo tanto la injusticia) se hubiera vuelto absoluta, porque funciona como una parte natural de la estructura interna del sistema de producción, del sistema financiero y del sistema bélico del neo-liberalismo excluyente. La salvaje década neoliberal de los 90´ arrojó a una porción muy grande la población a las letrinas de la condición humana, los marginó en un mundo de carencias insolubles, sin retorno. Y esos que en Tarija se llenaron los bolsillos con el dinero fácil que les dejó (a muy, muy pocos) el saqueo de las arcas públicas, sabían que, entretanto, crecía allá afuera una masa de marginalidad que sobrepasaba toda estadística. Y así apareció –con la ayuda invaluable de esta rosca de corruptos- la realidad de la delincuencia dura en la ciudad. La crearon los mismos tarijeños: los avariciosos, los nunca satisfechos, los que no podían parar de robar enquistados en la gobernación y la alcaldía y sus sucias ramificaciones y derivados. Los que, en suma, no podían frenar su apetito de ganancia indecente, porque ellos mismos son indecentes hasta lo inimaginable. El Estado –también prendido- dejaba –deja- hacer. Se hallaba rendido, como siempre, a los pies de los poderosos (que también son unos mafiosos). Chistosamente, ahora esos millonarios (que a la vez son vistos como personas normales en Tarija y andan por la calle como si no hubieran hecho nada) se sienten inseguros y piden al Estado seguridad y mano dura. ¿Cómo harán los tarijeños (según las cifras, cada vez más corruptos) para solucionar este enigma?.
Decimos que Tarija es cada vez más corrupta: algo que afecta a toda la población y no sólo a la clase política (que aporta el modelo, obviamente). Posiblemente eso se deba, también, a que se trata de una sociedad con ideología de derecha (en un país donde la mayoría es de izquierda). ¿A qué nos referimos al decir que alguien es de derecha?, antes que nada a una forma de ser: a una ética. A los derechistas se les suele decir conservadores: porque no quieren que las cosas cambien. Porque tienen intereses que requieren conservar. Esos intereses tienen que ver con la posesión de mercancías. De valores materiales. Todos los valores materiales refieren a uno que los representa a todos: el dinero. (Que a su vez, refiere al patrón oro). Los intereses de la derecha son únicamente cuantitativos; con lo cual, los compromisos de tipo espiritual no le son relevantes. “Es bueno aquello que colabora a cuidar, sostener, conservar o aumentar mi riqueza”: esa es su ética, porque la tasa de ganancia es el alma del pensamiento de derecha. Su moral, entonces, puede resumirse en una ética de medios y fines, donde los medios están obviamente al servicio de los fines. De los fines de lucro, en todos los ámbitos de la vida y no sólo en los negocios. Así, sólo es bueno lo que sirve para derrotar a mis competidores, independientemente de que eso sea en sí mismo bueno, mejor o verdadero: los valores de toda ética. Llegamos, de este modo, a la humilde conclusión del razonamiento, expresada claramente por el gran país capitalista del siglo XX (y por lo pronto, también del XXI): “Los Estados Unidos no tienen aliados ni enemigos permanentes. Sólo tienen intereses permanentes”. En suma: todo vale. Esto –que asegura en gran medida el triunfo contra adversarios más sentimentales- muchas veces se vuelve en contra en circunstancias en que su avidez produce excesiva pobreza (como en Tarija). La derecha no sabe combatir la pobreza repartiendo la tasa de ganancia. Por el contrario, tenemos una suerte de realidad humana cosificada en mercado: he aquí la antropología de la derecha.
Es esta la moral de los banqueros que gobiernan el mundo, que también ha llegado a Tarija. Así, cuando Pablo Canedo y ´Churqui´ Coronado nos hablan de valores sociales diciendo representar a un partido “socialista” (pero en los hechos es populista de derecha) podemos estar seguros que es otro ejemplo más de la devaluación de la política en dinero, negocios de familia y finalmente mafia: un fenómeno mundial de estos años que atravesamos, de este triunfo de Occidente sobre la “Hidra marxista”, a la que tan eficazmente derrotó condenando a la miseria a medio planeta. Sin exagerar, el mundo como funciona actualmente resulta intolerable para alguien sensible y consciente. No así para estos sinvergüenzas, que son igual que putas: se acuestan con el que más les paga (con perdón de las putas, que lo hacen por necesidad). Y esta es la clase política que nos toca (la que esta sociedad se merece).
Y es que el simple hecho de percibir las desigualdades vigentes mueve a un rechazo; sin querer ser moralistas: tiene que hacerlo. Aquel al que no le interesan las injusticias, por el contrario, es un justificador del estado de las cosas. No las ve o las ve como inmodificables, como leyes de un sistema inapelable. Más aún: como en los ejemplos del municipio depredador de Tarija, la gente ´quiere no ver´ lo que ocurre. Como corolario, lo que hace es desarrollar una praxis que tiende a la preservación del estado de injusticia, incluso actuando por la profundización de los niveles de desigualdad.
Por si fuera poco, en Tarija la cuestión es todavía más preocupante, porque no nos hallamos en el ´Gran País del Norte´, sino en un pueblo pobre y atrasado de un país pobre y atrasado de un continente periférico. Para decirlo de una vez por todas: ¿Cómo es posible que haya aquí tantos ´muertos de hambre´ de derecha?, ¿Cómo es posible que la gente trabaje (por así decir) contra sus propios intereses y no se dé cuenta? Casi que hay una sola respuesta posible: la ignorancia extrema. Como dice con sorna una notable novela boliviana: son “gente que piensa que el General Patton era un general con los pies grandes” (Adolfo Cárdenas: ´Periférica Blvd.´). Después de tantos años insistiendo con lo mismo, no puedo sino arribar a la conclusión de que la clase dirigente de Tarija se esfuerza porque el pueblo de Tarija sea ignorante, habida cuenta que se trata de una ciudad de doscientos mil habitantes sin siquiera una biblioteca pública en serio: una que preste los libros. (Este dato, palmariamente, nos iguala a las sociedades más atrasadas y miserables del planeta).
Antonio Gramsci anota que “la indiferencia es el peso muerto de la Historia”. Comparece esta idea con el modelo del triunfador tarijeño que abandera la clase media. El triunfador en Tarija es una suerte de personaje menor, de segunda fila, que en un mediocre relato pasaríamos por encima. Un vivo de barrio que combina dos factores: astucia y mediocridad meridiana. Por la combinación de estas dos cualidades “triunfa” en un sitio como Tarija, que sin duda premia a los mediocres. El triunfo: salir de la universidad más fácil del universo, lo más simple posible y haciendo el menor esfuerzo, y ser llamado “doctor” o “licenciado” sin volver a abrir un libro por el resto de su vida; no volver tampoco a prepararse jamás;  ingresar en la política del bando de los triunfadores (sin importar su ideología, su grado de corrupción o de bajeza moral) y conseguir un puesto de jefe o sub-jefe, que le alcance para vivir relajado comiendo chanchito a la cruz  (pero mejor si también roba algo del erario público: más vivo), con un vertiginoso mínimo de esfuerzo. El triunfador tarijeño hace carne suya el verso de Pedro Shimose: “Dios te salve, Bolivia, de los tinterillos”. El triunfador tarijeño es algo así como el sirviente del poder feudal que todavía existe en Tarija, colocado en un plano espurio de la Historia. Es el ejemplo perfecto de un hipotético ensayo sobre la indignidad humana. Es el representante de la clase media agresiva que se ríe de cualquier ideal (aunque la crisis la empuje al abismo), que sólo sueña con el ascenso, que desprecia a los collas, que no relaciona a la delincuencia con los verdaderos ladrones que se roban el país, el departamento y el municipio, que ve un pobre y piensa que lo va a asaltar y que los inmigrantes no trabajan porque prefieren robar, es el fanático de esa pavada foránea que es el chancho a cruz, es el que ve basura por la televisión y le gusta y la ve todos los días feliz, anestesiado, idiota -pero realista-, es el que piensa que no es un tonto, que no lo van a engañar porque él no se jugará el pellejo por nada: un vivo, en definitiva. Es el modelo que se imita y prevalece y que genera el soporífero estancamiento de este pobre pueblo: es “el peso muerto de la Historia”.